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lunes, 31 de diciembre de 2018

Un breve balance


En las vísperas de Año Nuevo se suele hablar de hacer balance, y, aunque no soy muy dado a ello, esta vez me apetece balancearme un poco sobre el sentido de este blog que lees de vez en cuando, coincidiendo con la superación de las 70.000 visitas (que no me convierten en influencer, pero ya son algo).

Lo primero que quiero expresarte es un sincero agradecimiento por el interés que muestras por mis escritos. Si Groucho Marx declaró que nunca ingresaría en un club que lo admitiera como miembro, yo no sé si me haría seguidor de un blog como el mío. Admito que es de lo más irregular. Habrás comprobado que nunca paso al terreno de lo familiar o de lo íntimo, ni siquiera a otras facetas de mi vida que no estén de alguna forma vinculadas a mi vocación de escribir.

Porque este es acaso el factor común que une sus dispersos contenidos. Escribo desde que tengo uso de razón, y con el tiempo he aprendido a hacerlo con un cierto desdén por el posible éxito o fracaso de audiencia. Creo que he escrito un puñado de libros que, si el mundo literario fuera justo (y literario), deberían haber merecido más atención. Por algún motivo, no acabo de gozar de la bendición de los medios de comunicación, ni siquiera de los locales. Y, por otro lado, nunca he sabido venderme bien. Pero mi conciencia de ser un escritor de modesto reconocimiento no me arredra para seguir dedicando un tiempo preferente (aunque no siempre abundante) al milagro de la comunicación con palabras. Y declaro mi intención de seguir escribiendo, mientras Dios me dé salud y sustancia gris, hasta morir con las botas puestas y la pluma en ebullición.

Y este blog es una proyección más de esa vocación de escribir. Supone un espacio personal (disculpa que no abra la puerta a los comentarios indiscriminados) y también de libertad. Aquí no necesito contentar al consejo editorial de una publicación, ni pensar en ventas o cuotas de publicidad, ni ponerme más limitaciones que las del respeto y el sentido común. No me preocupa demasiado el número de visitas, pero sé que lo que cuelgo tiene una vida fuera de mis cálculos, y que por la misteriosa magia de la comunicación estos pedacitos de alma llegan a ojos de personas que jamás se cruzarían en mi camino de otro modo. Y eso anima a seguir.

Así que aprovecho esta especie de balance de fin de 2018 para agradecerte que estés ahí, al otro lado. Probablemente no te conozco ni te conoceré, pero ya hemos entablado nuestra pequeña complicidad.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Si no te veo, feliz Navidad...

Siempre me ha hecho gracia este falso condicional, que tanto se oye en estos días. Da la impresión de que el deseo de dicha navideña estuviera condicionado por la invidencia del sujeto felicitante. Supongo que se trata de una de esas expresiones que se guardan en el cajón de lo inane, como, por ejemplo, los superlativos que aseguran que X es el mejor docente de su ciudad, o que Y es el mejor poeta de su generación.

En estas vísperas de nuestra fiesta más entrañable no dejo de pensar en lo que queremos decir cuando nos sentimos movidos u obligados a desear felicidad navideña. El año pasado reflexioné sobre los diferentes significantes y significados, así que me remitirė a la entrada de entonces para no repetirme. Por el mismo motivo, enlazo también con otra entrada que considero inspirada (con perdón), la de "Dios con minúsculas".

De todos modos, quizá la conexión ocular no esté tan mal planteada. La belleza (dicen) está en el ojo del que mira ("the eye of the beholder") y quizá necesitamos ojos bienintencionados a nuestro alrededor para ser un poco más felices. Y gran parte de la dimensión sentimental (sin matices peyorativos) de la Navidad consiste en sentirse rodeados de ojos amigos, que nunca son demasiados.

En cualquier caso, todo esto me proporciona una buena excusa para compartir con vosotros mi más reciente felicitación gráfica,  y para desearos una muy dichosa Navidad. Tanto si os veo como si no.


domingo, 16 de diciembre de 2018

Fábula 43 con Carme Riera

Tal como anuncié, el martes 11 de diciembre presentamos en Logroño el número 43 de la revista literaria Fábula. Vino a acompañar este alumbramiento especial Carme Riera, escritora de prestigio y académica de la RAE.  Fue un acto memorable para mostrar un nuevo giro en la trayectoria de esta revista que está próxima a cumplir 23 años de vida.

Carme llegó en el tren de las 17.50 y, sin apenas resuello, nos dirigimos a la emisora de la Ser para una entrevista. Acto seguido fuimos al restaurante Tondeluna, donde protagonizó un encuentro con el equipo y los suscripores de Fábula, bien regado con tinto Solar de Samaniego. Carme se mostró muy cercana y el coloquio fluyó con soltura, quizá demasiada, pues pronto dieron las 19.30 y hubo que prepararse para el otro acto, más multitudinario, en el Centro Cultural Ibercaja.

En este foro presentamos el nuevo número, con sus nuevas secciones y estética, y mencioné a todos los colaboradores. Carme disertó sobre "La aventura de escribir" de una forma brillante y cuajada de citas y anécdotas. De nuevo el tiempo fluyó.

Por suerte, tras momentos de verdadera angustia llegaron los ejemplares desde Madrid con un margen ajustadísimo, así que los numerosos asistentes pudieron acariciar este número 43 con un nuevo formato y diseño que piden caricias.
Fotos UR

domingo, 9 de diciembre de 2018

Presentamos Fábula 43

Imagen de portada, a falta del título

A estas alturas del calendario, hace veintitrés años, el primer equipo de la revista literaria Fábula empezaba a preparar el número 1, que se presentó en febrero de 1996. Lo recuerdo con nitidez, pero me espanta considerar que ha transcurrido (casi) media vida. En todo este tiempo hemos cambiado más de una vez de estilo y de diseño, han tirado del carro (en mayor o menor medida) un puñado de entusiastas que también han ido evolucionando, desapareciendo y reapareciendo. Pero lo que siempre se ha mantenido es la voluntad de sacar adelante una publicación que diera oportunidades, en la que primara la calidad literaria antes que el nombre, los lazos o la oportunidad.

Pues bien, estamos ante otro punto de inflexión memorable. Esta semana que empieza, Fábula se viste de largo y presenta un número 43 con propósito de dar un notable giro estético que propicie una mayor difusión y alcance. Además de novedades como la incorporación de viñetas de motivos literarios, ilustraciones originales, o foto-reportajes a color, este número cuenta con colaboraciones de Luis García Montero, Fernando Aramburu, José Luis Morante, Josu Moracho y una entrevista a Espido Freire. Nombres ilustres que han querido compartir páginas con autores también meritorios pero más desconocidos por el público lector.

Esta primera presentación será en Logroño, el martes 11 de diciembre a las 20:00 horas en el Centro Cultural Ibercaja (c/ Portales, 48), y la madrina será Carme Riera, escritora consagrada y académica de la RAE (letra "n"), quien hablará de "La aventura de escribir". La entrada es, como siempre, libre.

Podéis haceros una idea de la nueva revista a través de la también nueva página web (www.revistafabula.com). Aquí también podéis seguir el enlace para la suscripción anual, que, además de permitiros recibir puntualmente la revista en casa (y colaborar con esta noble causa, claro), os guarda alguna sorpresa ventajosa.

¿Nos vemos el martes? Espero que sí.


domingo, 2 de diciembre de 2018

DISIDENTE

Hace unos días se cumplió el segundo aniversario de la muerte de Fidel Castro, ese héroe de la revolución. A su vez unos días antes nuestro presidente Sánchez, que no se arredra ante los dictadores muertos, acudió a Cuba a estrechar la mano de uno vivo. Pues bien, me uno a tantas efemérides publicando en primicia un microrrelato sobre una pareja que se tuvo que marchar de un país parecido.




DISIDENTE

–Torcuato, m’hijo, baja ya de una vez, que el taxi espera.
          La esposa de Torcuato tenía el hígado en combustión. Esto era insoportable, inaguantable, sí señor. Llevaban meses esperando este evento. El sufrimiento de toda una vida se iba a ver, si no compensado, al menos reconocido. Acudiría una notable representación de la prensa (exceptuando a los de siempre), miembros del gobierno español, los anfitriones, decenas de invitados… Ella estrenaba vestido nuevo por primera vez en años. Pero el comemierda de su marido seguía sin bajar.
          Volvió a apretar el timbre, sin obtener respuesta. Torcuato había pasado muy mala noche, le había dicho, y había amanecido con el moño virao. Apenas había dormido, y en sus escasas cabezadas le habían asaltado las duchas frías, las rejas, las palizas, los ataques epilépticos... Nada nuevo, pero hoy había que tirar p’alante y poner buena cara. Hoy era su momento de triunfo, después de tanta tortura y tanto dolor. Y había que estar allí.
          La esposa del disidente volvió a respirar fuego y se planteó subir andando hasta el cuarto piso y arrastrarle escaleras abajo al taxi. Pero si subía no respondía de lo que podía pasar. Suspiró hasta lo más hondo de su diafragma y volvió a apretar el pulsador desesperadamente.
          – Torcuato, me cago en la mierda. ¡Cómo no bajes…! 
          Pero no acabó. La esposa del disidente había soportado opresión, pobreza, clandestinidad, cárcel, policía secreta, violaciones de derechos… Había gastado la flor de su juventud esperándole, y, contra todo pronóstico, le había sido fiel. Pero esto, esto, esto no había cristiano que lo aguantara.



foto de Denny Müller, en Unsplash