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domingo, 17 de junio de 2018

Feria de Libros y Vanidades


Tal como os adelanté, el pasado fin de semana estuve firmando ejemplares de Descubre por qué te mato en la Feria del Libro de Madrid. La franja horaria que escogí resultó ser de lo más concurrida. El último sábado a mediodía nos dimos cita entre la larga fila de casetas de El Retiro decenas de autores, algunos de nombre más discreto, otros tan populares como María Dueñas, Almudena Grandes, Luis García Montero, Vanessa Monfort, Elvira Lindo, Antonio Muñoz Molina, Rosa Montero, Lorenzo Silva, Manuel Rivas, Ignacio Martínez de Pisón o Javier Moro.
            Después de bastantes días de lluvia, ese sábado amaneció nublado pero seco, y la Feria se benefició de una afluencia de asistentes superior a las medias anteriores. Mis primeras impresiones fueron de regocijo al comprobar que el libro, el viejo libro en papel, sigue entusiasmando a decenas de miles de lectores. A la par experimenté esa especie de vértigo que me sobreviene cuando entro en una gran librería y contemplo las montañas ingentes de libros que se han escrito y se siguen escribiendo, y considero que yo también contribuyo, con mayor o menor éxito, a aumentar esta producción masiva. Tal vértigo suele dar paso a una reflexión existencial: ¿qué ridículo porcentaje de estos libros llegaré a leer en el transcurso de mi entera existencia? ¿Qué tesoros me estaré perdiendo mientras malgasto mi tiempo en otras cuestiones o lecturas?
Foto: María José Marrodán
            En fin, cuestiones insolubles, claro. Otra reflexión que me provoca llegar con mi boina provinciana a una capital en pie de libro es la duda inquietante de si no seremos demasiados los que nos llamamos escritores. Solo el sábado se convocaban centenares de autores dispuestos a acoger a su público en las casetas, algunos como pescadores que tienden con paciencia la caña, otros arriesgando calambres en las manos. Así que calculo que la Feria habrá reunido a varios miles. ¿Realmente merecemos todos la pena? O peor, ¿es siempre el éxito del mercado del libro un buen síntoma de salud cultural?
            Volviendo a mi franja horaria del sábado, los dos autores que al parecer concitaban las mayores aglomeraciones de admiradores eran Megan Maxwell –autora que escribe romances eróticos como churros– y el polemista Federico Jiménez Losantos. También andaban por ahí Boris Izaguirre, el presidente cántabro y showman Miguel Ángel Revilla o el poeta youtuber Defreds Defreds [sic], y, por cierto, también estaba en la lista Maxim Huerta, a dos días del estallido de la bomba informativa que le haría dimitir como ministro de Cultura.
            Quedémonos un poco en el escritor español más mencionado en esta última semana. No pretendo hacer leña del árbol caído, sino más bien retroceder a su paso de presentador en el programa de cotilleo de Ana Rosa (de 2005 a 2015) a novelista de éxito. La trayectoria de Maxim Huerta, aún antes del descalabro político, me parece un buen ejemplo de la tendencia comercial de la edición actual, que invierte en personas con perfil televisivo que se convierten de pronto en artistas de la palabra. Fernando Delgado, Jorge Javier Vázquez, Nuria Roca, Christian Gálvez, Máximo Pradera, Luján Argüelles, Mónica Carrillo, David Cantero, Carlos de Amor, Sandra Barneda, Jesús Cintora, o Mara Torres son algunos nombres que pertenecen a esta categoría. No hay razón para dudar de la autoría de su propia obra, por supuesto, pero la historia truculenta de plagio descubierto en 2000 a cargo de la antigua jefa de Maxim Huerta, Ana Rosa, podría ser la punta del iceberg de toda una red de corrupción literaria, que en este caso no provoca dimisiones.
(CONTINUARÁ…)

viernes, 8 de junio de 2018

La enfermedad del escritor

Reescribo unas ideas que a los lectores de mi blog ya les sonarán familiares, pero que he reordenado en forma de editorial para el número 42 de la revista Fábula.

LA ENFERMEDAD DEL ESCRITOR

Hace ya veinticinco años que Francisco Umbral (q.e.p.d.) protagonizó el bochornoso episodio en el programa de Antena 3 que ha pervivido en el inconsciente colectivo, incluso entre aquellos que no han leído nada del insigne escritor. La mítica frase “He venido a hablar de mi libro” ha quedado como expresión del peculiar solipsismo del que adolece el creador que acaba de dar a luz una nueva criatura literaria.
No sé si será una experiencia universal, pero no es infrecuente diagnosticar esta afección que sobreviene a quien, tras años de esfuerzo y desgaste de imaginación, de enésimas apuestas por la confianza y de poner a prueba una renovada ilusión a contracorriente, consigue sacar a la luz una obra de cierta extensión. Y si también pueden ser potenciales enfermos los elegidos cuyo grupo editorial acapara los escaparates de las librerías o las ventanas de Babelia o El ojo crítico, con más motivo cuando el paciente es cualquiera de nosotros, queridos lectores de Fábula: un reservado lector que escribe, o un inconspicuo escritor que lee.
          El símil de la parturienta me sigue pareciendo el más indicado para una alegoría de la creación literaria. Solo que no son nueve meses de desarrollo de una nueva criatura en nuestras entrañas: pueden llegar a ser varios años. Luego quizá han seguido otros tantos de búsqueda de editor, y el desgaste no acaba. El parto supone la culminación de un proceso agotador en el que has invertido una ingente cantidad de energía. Pero una vez que la criatura está en el mundo no ha acabado ni mucho menos la tarea. En realidad, no ha hecho más que empezar, salvo que abandones a tu neonato en la cuneta o en la esclusa de las cajas cerradas que se pudrirán en un almacén.
Así, como buena madre te olvidas de los dolores de parto porque has de seguir peleando para que tu criatura se desarrolle en el mundo exterior. Tú lo ves como la más natural actividad maternal, pero visto desde fuera puede parecer una cierta obsesión monotemática; incluso algún moralista (de pacotilla) lo puede ver como una hinchazón del ego, un arranque de feo orgullo (y eso que ahora el orgullo es digno de fastos), o quizá de malsana vanidad. Pero si acaso se tratara de esto último sería más bien de la vanidad inofensiva de la radiante madre que enseña a su bebé en el carrito ante la ambigua mirada de vecinos y amistades.
En cualquier caso, el ánimo del autor pasa por una fase de complicaciones postparto, una subida de glucosa que se manifiesta en deseos algo obsesivos de que el libro se conozca, que se hable y se escriba de él, que acuda gente a las presentaciones, que los medios no lo ignoren, que esté a la vista en los escaparates, o al menos en las estanterías, etcétera. Y dado que tus plataformas de promoción son muy limitadas, tienes que involucrar a amigos, familiares, compañeros, vecinos, contactos de las redes sociales y otros conocidos para que te acompañen en este trance, y, con mayor o menor diplomacia, pasas el mal trago de sugerir que esperas que se gasten unos euros en tu criatura (regalarlo equivale al suicidio).
He conocido a escritores –acaso más jóvenes o más profesionalizados– que disfrutan con la campaña de promoción que sigue al alumbramiento, con la gestión de entrevistas y organización de presentaciones. A mí, lo confieso, cada vez  se me hace más cuesta arriba. Para vender y venderse hay que valer, y el ser capaz de juntar letras con mayor o menor acierto no garantiza estas otras habilidades sociales.
Otro síntoma de esta afección anímica es que en ocasiones pueden pesar más los sinsabores que las alegrías recibidas, aunque estas tengan más entidad. El humor post-parto a veces engrandece los minúsculos sinsabores, como toparse por enésima vez con el muro de opacidad informativa en el ámbito local (dependiendo de la salud de tus contactos), o comprobar que ningún periódico nacional en su sección de cultura o suplemento de libros se digna dedicarle una línea a tu libro, o agraviarse comparativamente al aplicar una sencilla regla de tres: si tu novela no es diez veces peor que la de X o la de Y (quizá ni siquiera una vez), ¿por qué la de X o la de Y tiene dos trillones de veces más de visibilidad?
No conviene, pues, despreciar los síntomas de esta afección anímica. Y además del tratamiento farmacológico (sea cual sea el equivalente del símil), requiere para su curación del cariño y atención de los allegados. Cada vez veo más claro que, cuando un autor pide que le acompañen en el bautizo de su criatura (léase presentación en el ateneo local o librería vecina), no lo hace tanto para vender (¿quién se lucra con el mísero 10% del PVP, si es que llega?); lo que necesita es el calor de su gente para superar el trance. Y, por supuesto, sospechará del amigo que se ausente sin al menos aportar una buena excusa.
Antes he hablado de que los sinsabores pueden pesar más que las alegrías. Quizá una remedio para impulsar la recuperación sea dar la vuelta a este planteamiento cenizo. Aprender a valorar el calor de personas, algunas apenas conocidas, que han recorrido kilómetros en una tarde de lluvia y frío para hacerte compañía; o la reacción entusiasta de quienes han leído la novela y te comunican con sincero convencimiento que les ha encantado. Sin duda hay mucha verdad en el editorial de Fábula 41, firmado por Eugenio Sáenz de Santamaría: “Yo escribía para que me quisieran”. Para mí, la acogida de los lectores es lo mejor, sin duda, que me ha sucedido como escritor. Algo que me animará a volver a arrostrar una nueva enfermedad cuando me arriesgue a escribir un futuro libro.
 

domingo, 3 de junio de 2018

El próximo fin de semana en Madrid

Es la última, lo prometo. Al menos, la última de momento. Ha pasado casi medio año desde que salió a la luz Descubre por qué te mato, y yo, como buena madre de la criatura libresca, he hecho lo poco que estaba en mi mano para darle un poco de vida. Pero tengo tantas otras cosas en la cabeza que no le puedo dedicar más. Así que este fin de semana me despido de la promoción (por llamarla de alguna manera) con un acto de presentación (por llamarlo de alguna forma) en la Casa de Cantabria de Madrid el viernes 8 de junio, a las 19:00. De nuevo me acompaña el excelente escritor y amigo Rubén Abella, en lo que será un diálogo distendido y enjundioso sobre los principales mecanismos de la novela. Prometo no desvelar quién es el mayord..., quiero decir, el asesino. Si es que lo hay, que tampoco está tan claro.


Al día siguiente, sábado, estaré un par de horas, de 12 a 14, en la caseta 21 de la Feria del Libro de Madrid, firmando un libro. Espero que sea el tuyo. (Si lo llevas en fotocopias, tampoco te voy a reñir demasiado, porque lo que me gusta es que me leas, pero será mejor que no lo enseñes...) En cualquier caso, si pasas por ahí, me encantará saludarte.