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sábado, 20 de julio de 2013

CONDICIONES DEL CANDIDATO A DOCENTE


 Puesto a retomar, retomo también mis escritos más suicidas. Este enlaza con su primera parte y su segunda.


LA MATER QUE NOS PARIÓ (III); REFLEXIONES SOBRE LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA

LA VIRTUD MÁS NECESARIA
“¿Qué pinta este aquí?” es una pregunta que todos nos hemos hecho en nuestros años estudiantiles al sentirnos decepcionados ante las patentes limitaciones de algún docente. Es verdad que conozco a mucha gente valiosa, inteligente y trabajadora en la universidad española. Pero hoy día no suele bastar con que un joven licenciado que quiere abrirse camino docente reúna todas esas condiciones. Podría hablar muchas lenguas y tener variados intereses intelectuales, podría poseer un espíritu crítico clarividente, podría reunir una entrega incondicional a la investigación, podría tener una vocación pedagógica ejemplar. Pero una cosa le falta. Algo sin lo cual todo lo anterior es como bronce que resuena. ¿La caridad? No precisamente. La docilidad. Sí, sin docilidad, las anteriores virtudes pueden incluso llegar a ser contraproducentes.
 
by CVF
           Como casi todo el mundo sabe, los departamentos universitarios suelen estar divididos internamente por rencillas multiseculares, lo que propicia la formación de clanes, cada uno con su líder. Esto suele ser resultado de la peculiar competitividad y jerarquización que reina en estos ambientes. A menudo las rencillas que enfrentan a los clanes vecinos suelen ser shakespeareanas e irreparables. En la Universidad de Valladolid, por ejemplo, llegó a haber dos departamentos de inglés que impartían las mismas materias; la división no era, pues, por áreas de conocimiento, sino por personas.
Pues bien, cuando un joven licenciado se plantea emprender carrera docente universitaria, si no tiene lazos familiares o afectivos decisivos, el sistema le obliga a buscar amparo a la sombra de un clan. Aunque los concursos de acceso sean públicos y abiertos, las diversas sutilezas del proceso implican que el cimarrón parte en franca desventaja respecto al “integrado”. El candidato debe buscar previamente que le admitan en alguna línea de investigación, aunque no le atraiga, y luego asumir su papel en el engranaje académico, colaborar en las tareas que se le asignen, y esperar pacientemente a la cola en el proceso de promoción.
Esta espera durará años, ahora más que antes, y el grado de dependencia variará en función del talante del líder: desde el catedrático de la vieja escuela (en extinción) que encarga al postulante sus labores domésticas, hasta el más liberal que se conforma con que le cite en todas sus publicaciones, pasando por la catedrática que plagia los trabajos de sus doctorandos o la que pone al becario a impartir su docencia. En fin, las modalidades de servidumbre son variadas, y el candidato a docente universitario solo podrá sobrellevar este largo proceso de inseguridad y humillación a base de heroicas dosis de docilidad.
            Algunos, sin embargo, no poseen esta virtud en grado tan heroico, y acaban sucumbiendo al desaliento después de años de ingrata labor, son vomitados como cuerpo extraño o mandan todo al cuerno y se preparan una oposición. Sin embargo, todos aquellos que consigan superar la ordalía estarán preparados para pasar por los diversos aros que el sistema académico, ministros, consejeros autonómicos, vicerrectores, planes Bolonia y demás agentes les vayan imponiendo con el tiempo. Y, lo que es mejor, estarán en condiciones de aceptar y amar los dictámenes del más reciente Gran Hermano de la universidad española: la omnisciente, la imponente, la adorable Aneca.

(CONTINUARÁ…)

sábado, 6 de julio de 2013

Lo que hace tu mano izquierda

Voy completando la revisión de mis primeros relatos. Este transcurre entre Avilés y Oviedo, y reflexiona sobre el trabajo como servicio a la sociedad, aunque con sorpresa. Como es lógico, los lectores más avispados no se sorprenderán (nunca se sorprenden), pero aún hay algunos que me preguntan a qué se dedica el protagonista.

LO QUE HACE TU MANO IZQUIERDA


            A las seis de la mañana berreó el despertador. Marina ni se inmutó, pobrecilla, probablemente no llevaría ni dos horas de sueño. Adrián la miró con ternura y, con miedo a provocar el más mínimo ruido que pudiera despertarla, se dejó caer de la cama al cabo de unos segundos, rompiendo así esos hilos de la comodidad, fuertes como sogas, en nombre del cumplimiento del deber, en nombre de su familia, en nombre de ese sustento diario que sus hijos tácitamente le reclamaban.
 
by A. V. Grela
           Porque ellos no tendrían la infancia que tuvo él, no señor. Ellos tendrían cubiertas las necesidades básicas, se alimentarían con una dieta sana y equilibrada, podrían estudiar en un colegio incluso de pago, luego en la universidad, serían personas de provecho, con un futuro abierto ante sus ojos. Ellos no tendrían malos tratos e insultos en casa, ni palizas del padre, ni abusos de los dueños del barrio, qué va. Su infancia sería esa etapa de felicidad y armonía que se necesita para un desarrollo integrado de la personalidad, para que la autoestima encamine al niño a la autorrealización progresiva de sus potencialidades, todo dentro de las trayectorias que en cada etapa vayan libre y armónicamente escogiendo.