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domingo, 3 de noviembre de 2019

DEMOCRACIA EN PERÚ (Y FUERA)


Su acento y gracejo general lo delataba, aunque tampoco me quise hacer el sabiondo y le pregunté de dónde era. Peruano, contestó, y esto me dio pie a contarle mi verano en los alrededores de Chiclayo, donde fui de cooperante al acabar la carrera (si bien omití mencionar que me pasé la mitad de mis estancia en la cama, con gastroenteritis primero y luego infecciones de piel). En fin, sin duda Perú me dejó huella.
–Y dígame, ¿viaja a su país con frecuencia?
El taxista se puso serio. Me contó que tenía familia allí y que no tenía más remedio que visitarles de vez en cuando. Pero que se avergonzaba profundamente de su país.
–A ver, pues. Perú va aún más a peor. Fíjese. Los cinco últimos presidentes, todos buscados por la justicia o condenados a prisión. Y lo que es peor, alguno de ellos, como Alan García, volvió a ser reelegido en 2006 en cuanto prescribieron los delitos que se le habían imputado. ¿Qué futuro tiene un país donde la mayoría elige como presidente a un delicuente?
            Tenía su punto mi taxista, la verdad. No cabe duda de que la democracia es la mejor –o quizá la menos mala– de las formas de gobierno, pero no una democracia en la que manden los delincuentes por mayoría. Y no se trata de un problema de pueblos con menor formación política. Países que se precian de su cultura y/o de su dilatada tradición democrática como EE.UU o el Reino Unido pueden acabar encumbrando como máximos dirigentes a completos impresentables.
            Creo que la salvación de la democracia como voluntad de la soberanía popular y no como otra, acaso más compleja, forma de tiranía pasa por una seria reflexión crítica sobre sus debilidades y talones de aquiles, seguida de una profunda reforma. Para empezar, habría que incidir en aspectos tales como las listas abiertas, la separación real de poderes, la imparcialidad de los medios de comunicación y otras entidades públicas, la capacidad de diálogo o la cualificación de los candidatos. Esta me parece una cuestión fundamental. Si para ser médico o juez el interesado ha de estudiar largos años, aprobar exámenes u oposiciones muy selectivas y formarse después durante más tiempo, ¿cómo es que para el oficio supuestamente más difícil, el de dirigente de todo un país, no se pide más que no ser demasiado feo? ¿Cómo es que se puede presentar, y lo que es peor, que puede salir elegido, un candidato que no ha dado un palo al agua en su vida?

            (Pues eso, si es usted español, que lo vote bien. Hasta el domingo.)

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