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domingo, 22 de septiembre de 2019

Antiguos alumnos

En la entrada de la semana pasada escribía sobre el recuerdo de mis antiguos alumnos, y concluía que los logros de estos me hacen sentir orgulloso, que me solidarizo de todo corazón con sus triunfos. Y aunque con la edad uno aprende a relativizar el concepto de triunfo, y acaso a redirigirlo a cosas que de verdad importan, hay jalones en el camino de las personas que merecen celebración.

Enhorabuena, Diego...
Todo esto viene a cuento de la reciente toma de posesión como director general de Cultura del Gobierno de La Rioja de un antiguo alumno, Diego Iturriaga Barco, un hombre de extraordinaria capacidad de trabajo. Me vino a la cabeza que ya es el segundo cargo semejante que ha pasado por mis aulas, siendo el primero José Luis Pérez Pastor. En un contexto semejante habría que mencionar también la sólida trayectoria de César Luena, ahora eurodiputado en Bruselas, quien ya en su primer año universitario apuntaba maneras de su vocación política.

Quizás las personas dedicadas a la política destaquen más ante la opinión pública por la inmoderada atención que les dedican los medios, pero también cuento entre mis antiguos alumnos a personas que van destacando en el campo literario (Elvira Valgañón o Sonia San Román), el actoral (Mabel Lozano) o el musical (Paulino Lorenzo), de los que también me enorgullezco.

Pero, quizá más importante aún, me llena de orgullo contar con una nutrida representación de ex alumnos entre los profesores de los diversos niveles educativos, entre los que vuelcan cada día sus energías y entusiasmo en educar (es decir, guiar e inspirar) a las nuevas generaciones que nos siguen. Quizá resulten anónimos para la prensa, para el mundo de la fama, pero no --cómo recordaría el protagonista del clásico Un hombre para la eternidad -- para sus propios alumnos. Y eso es lo que importa.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Profesores y alumnos

Mañana arranca el nuevo curso académico en mi universidad y en muchas otras, y parece un buen momento para replantearse si la presencia del profesor ante un puñado de alumnos es una modalidad abocada a la extinción, destinada a ser erradicada por el docente-pantalla de la enseñanza online. ¿Cuál es el sentido de que haya un profesor en un aula mirando a sus alumnos a la cara? ¿Les aporta algo a ellos tenerle cerca, o es incluso mejor que permanezca al otro lado del ordenador? 



Esta cuestión se relaciona con el grado de influencia (benéfica, esperemos) que puede ejercer un docente sobre sus alumnos. Hay quién sostiene que cuanto más temprano sea el nivel educativo, más peso tiene su papel. En el nivel universitario la cosa cambia; ya llegan los alumnos con una personalidad muy formada, y con frecuencia ven al profesor más como un empleado público que tiene que validar su futura (y merecidísima) titulación que como un modelo o inspiración; y eso cuando no lo ven como un obstáculo que hay que salvar o, peor, como un modelo de lo que no hay que hacer.

Y a pesar de todo, tras un cuarto de siglo de rodaje, todavía pienso que la presencia del profesor es un elemento insustituible para educar, es decir, guiar e inspirar. Es más, todavía me entusiasma la enseñanza presencial. Y sigo procurando ver a mis alumnos como personas individuales que están ahí para recibir educación al tiempo que aprendes con ellos. Cada uno y cada una me importan como personas, y mi objetivo es que los cuatro meses juntos (que dura la asignatura de media) dejen alguna huella, aunque sea mínima.

La humanización de la enseñanza conlleva también una proyección indefinida en el tiempo. Para mí, alguien que haya sido alumno mío nunca  pierde esa condición, aunque llegue a ser presidente del gobierno o Premio Nobel. Se supone que todo buen profesor debe estar orgulloso de los logros de sus alumnos; aún más, que no le debe importar que lleguen más lejos que él (si se acepta el relativo comparatismo). El principal enemigo de este ideal profesoral es, claro está, el ego, ese permanente inquilino a quien, si no se puede expulsar, al menos hay que mantener en su sitio.

 (Confieso que lo antecedente iba a ser solo la introducción de la entrada de hoy, pero no me quiero pasar de los tres o cuatro párrafos, así que continuará  la semana próxima.)

domingo, 8 de septiembre de 2019

NO TOMARLO A GUASAP

En su reciente comedia veraniega Padre no hay más que uno, Santiago Segura incluye algunos toques cómicos  que he de reconocer brillantes (a pasar de que nunca fue pecador de mi devoción). En concreto, me reí mucho con su tratamiento de una esclavitud contemporánea que nos puede hacer perder mucho tiempo, energía e incluso amigos: los grupos de WhatsApp (léase Guasap),

Segura carga las tintas con los grupos de madres y padres de colegio y con muchos de los tópicos que todo progenitor conoce bien: la obligatoriedad ética de participar, y de modo inmediato; la repetición de fórmulas de escasa creatividad; las ristra de felicitaciones de cumpleaños; la multiplicación innecesaria de grupos en plan  spin-off; su uso para las  cuestiones más anodinas; la proliferación de insulsos emojis …

Incluso, si me perdonan el destripoiler, Segura sugiere un invento que enriquecería a su creador: una aplicación que participe automáticamente en los grupos sin que el titular del teléfono se moleste en revisarlo cada medio minuto, a cada ominoso pitido de nuevo mensaje.

Hay un aspecto, sin embargo, que Segura no aborda de los grupos de WhatsApp escolares. Según me ha confesado varios docentes, constituyen una de sus mayores pesadillas, quizá un paso que acelera la tendencia actual a minar la autoridad del profesor. Mediante estos grupos, la actuación de un profesional de la enseñanza se ve continuamente expuesta al escrutinio severo y unilateral de hordas de padres y madres que se rigen por un principio básico: mi niño siempre tiene razón.

En fin, si estás en ese grupo (de riesgo), no es para tomarlo a guasa.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Desde Georgetown University, Washington DC

Vuelvo a la espectacular Universidad de Georgetown para seguir profundizando en los archivos relacionados con Graham Greene. Siempre es grato regresar a los sitios de donde uno guarda recuerdos felices.

De un modo u otro con el tiempo os daré cuenta de los frutos de mi estancia por acá. Por el momento, comparto una anécdota que ya no creí que me fuera a pasar en esta vida. Hoy mismo, cuando he pedido una inocente cerveza Coronita en un restaurante, la camarera me ha solicitado una ID (en este caso pasaporte) para comprobar que era mayor de edad. Lo hizo toda seria, lo comprobé. ¡Bendita sea!

Pues eso, hagamos América grande otra vez, como dijo... ¿quién?

Fotos David Villar