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domingo, 28 de abril de 2019

Baby Boomers y otras cosas

En este mes de abril he protagonizado dos encuentros en sendos clubes de lectura que previamente habían leído Descubre por qué te mato. El primero fue el día 10 en el Instituto de Secundaria Santa Clara, de Santander, y el segundo en la Biblioteca Municipal Rafael Azcona de Logroño, este viernes 26 de abril. Este fue el cartel anunciador. Lo mejor es lo de mayores de 18 años.

Creo que ya he hablado de esto en alguna ocasión en este blog, pero he comprobado una vez más que, de las variadas fases de las que se compone la creación literaria (en sentido amplio), el contacto con los lectores es la más gozosa. Conocer las diversas reacciones de personas muy diferentes, y cómo cada cual ha hecho suyo el universo de mis criaturas de ficción, fruto de imaginación y trabajo, es sin duda la mejor recompensa que puede recibir el autor. Vale la pena emprender este largo camino que supone cada nueva obra.

Las luces de este cuadro son abundantes, aunque, de nuevo, alguna pequeña sombra podría ser la nula repercusión de estos actos en los medios tradicionales, ni siquiera en los locales. "Qué tengo yo, que mi anonimato procuras", podría glosar con el Fénix. En fin, quizá no quede espacio tras dedicar páginas dobles a las repetitivas declaraciones de los políticos o a las crónicas de partidos de regional preferente.

Volviendo a las sesiones del club, en este último me preguntaron si en mi novela pretendía hacer un retrato de toda una generación. Contesté que no necesariamente, pero que sí había dedicado algún párrafo a definir la de Óscar, el protagonista, nacido a finales de los 60. Reproduzco a continuación el que podría ser el texto más destacado a este respecto, una definición muy personal de los baby-boomers:

Mi generación, la de los cuarentañeros baby–boomers españoles, es marcadamente heterogénea en diversos aspectos. Algunos hemos recibido una educación bastante tradicional, mientras que otros han servido de cobayas para experimentos educativos en ocasiones anárquicos. Algunos hemos seguido todo el proceso de instrucción religiosa posconciliar que pasaba por la primera comunión, catequesis, confirmación y posterior relajamiento de creencias; otros ni siquiera fueron bautizados, con el pretexto de que ya elegirían ellos cuando crecieran. Algunos aún conservamos el pelo y cierto aire juvenil, otros ya han adoptado la calva y la tripa de la irreversible madurez. En lo tecnológico, mientras otros sí que se han subido al carro de los ultimísimos gadgets y apps, algunos nos hemos resistido con uñas y dientes a someternos a la esclavitud que conllevan. Al final han sido los regalos de Reyes y cumpleaños los que nos han hecho caer, con reticencias y varios años de retraso, en los teléfonos móviles primero, luego los portátiles, y finalmente (aún no es mi caso) a los iphones, ipads, ibooks, internet en móvil, whatssaps, y demás. Mi profesión me obliga a acelerar la modernización más de lo que me pediría el cuerpo, pero no tanto como lo que veo en las generaciones jóvenes ...
(Descubre por qué te mato, p. 52)

domingo, 21 de abril de 2019

Cuentos en la escuela del futuro

A propósito de mi entrada de la semana pasada, no puedo reprimir el impulso de reproducir el principio de la escena de Solo yo me salvo en la que el anciano Malaquías Winkle, quien ha vivido recluido en las últimas décadas de un futuro no muy lejano, visita una escuela.
NOTA: Puede haber alguna expresión lingüística que el hablante de castellano de 2019 aún no domina. Se ruega, pues, paciencia.





          —A
tent@s a lo que viene. Caperucita Progresista se acercaba a casa de su abuelita, una ciudadana cronoavanzada pero en pleno dominio de sus facultades y consciente de sus derechos y obligaciones como ciudadana de una república tolerante, cuando se le acercó el lobo interesándose por los contenidos de su multitáper. Su pregunta no podía en absoluto ser catalogada como indebida ingerencia en las opciones libres de adquisición, sino más bien justificada por la indigencia de un animal marginal infraalimentado, inserto en una sociedad primitiva —por culpa de la explotación de un gobierno ultraderechista— previa a la implantación de la exitosa campaña gubernamental “nutrientes para tod@s”. Caperucita contestó que llevaba un preparado de biofidactivos y barritas de Niacina y Tiamina totalmente bajo en calorías para su abuela, no porque ella no pudiera adquirirlo por sí misma en los establecimientos del Ministerio de Salud, sino como modo de fomentar la convivencia intergeneracional y...
          Fray Malaquías Winkle asistía como oyente a la clase. Las tres criaturitas, de unos ocho años y muy hermosas, miraban a Cruz de modo desafiante. No se podía negar que siguieran con atención el cuento, pero parecían filtrar las palabras críticamente, abriendo bien los ojos, tomando notas en sus cuadernos-pantalla mediante el deslizamiento de sus deditos finos e infantiles. Cruz le había explicado que el Departamento de Innovación Pedagógica estaba entusiasmado con esta nueva metodología de relato oral, y había promocionado su utilización por medio de incentivos. L@s infantes, sentados en el suelo, interrumpían de vez en cuando los tonos modulados de l’enseñante con preguntas o comentarios espontáneos.
          —Quiero hablar, quiero hablar —exclamó un querubín de grandes ojos verdes y pequitas.
          —Por supuesto, Bibiano, por supuesto. Te escuchamos.
          —A mí las barritas de Niacina y Tiamina totalmente bajas en calorías marca Danone me hacen vomitar. Le tengo prohibido a mi progenitor B que me las compre, pero cuando voy a casa de la novio de mi progenitor A me las pone, el muy cabrona. Pero las de Suchard son megacerolas. Me gustan mil veces más.
          —Sí... tienes razón —exclamó Cruz entusiasmado—. Tomo nota. Tienes mucha, pero que mucha razón. Así me gusta, que participéis en clase. ¿Hay alguien que quiera hacer más comentarios?
          Ningun@ de l@s tres infantes contestó, y al cabo de unos segundos Cruz prosiguió el relato.
          —Entonces Caperucita Progresista se acercó a la cama de quien creía su abuela, y le comentó: “Jénifer, ¿cuánto hace que no has ido al dermoesteta a que te miren el vello?” A lo que la falsa abuela contestó: “Niña, sin ánimo de corregirte en modo alguno, considera que tengo el derecho a no recibir injerencias externas en mi privacidad hormonal”. Pero Caperucita insistió: “Jénifer, te pueden hacer una rebaja del veinticinco por ciento si adjuntas cien envoltorios de las barritas que te traigo”.
          Una niña de pelo rubio y piel marrón, tan guapa como los otros dos y fina como una muñeca de porcelana, alzó la voz sin pedir permiso, como si hubiera estado esperando el momento de imponer su protagonismo:
          —¿Y es ahora cuando el lobo se la folla?
          —No, je. No te adelantes... Quiero decir, je... No, Aitzíber, no conviene adelantarse... Esto, perdón, quiero decir... todavía no... hacen el amor.
          —Hala... Me has prohibido. Eso es falta siete. ¡Tengo derecho a preguntar, jo...!
          —Sí, claro... je, nadie te lo discute. Por supuesto. Sólo te decía que es mejor esperar... un poquito, eso es todo.
          Pero Aitzíber se había enojado de veras. Sin más explicaciones, se levantó de su asiento y salió del aula dando una patada al panel de madera. Cruz puso cara de verdadero pánico mientras la veía cruzar el pasillo en dirección al Sindicato de Estudiantes.
          —Aitzíber, en serio... Era broma. No te enfades, no... Ay, lo siento.
          —Falta nueve, gritó la niña desde el otro extremo del pasillo.


Solo yo me salvo (2011) pp. 34-35.


domingo, 14 de abril de 2019

FAHRENHEIT 451 EN BARCELONA

Hace un par de días se publicó la noticia de que en un colegio público de Barcelona, el CEIP Taber, dependiente de la Generalitat, se retiraron de la biblioteca doscientos libros como La Bella Durmiente o Caperucita Roja por considerarlos “sexistas” o “tóxicos”. Estos libros constituían el 30% de la (modesta) biblioteca, de la que solo el 10%, al parecer, cumple los requisitos de ortodoxia no-sexista y no-tóxica.

¿Se quedará la biblioteca solo con los sesenta y seis libros (número cuasiapocalíptico) que transmiten la doctrina correcta? No sabemos, pero sí que hay otros colegios catalanes (Montseny, Fort Pienc) dispuestos a seguir estos pasos saludables. Este último, por ejemplo, ha prohibido que se juegue al balón en el patio dos días a la semana, una vez que su Comisión de Igualdad de Género concluyera que este juego atrae a demasiados niños masculinos, sin ningún aprecio por la paridad.

Volviendo al tema principal, independientemente de la dudosa efectividad de prohibir libros en una época en la que los pequeños apenas leen, mucho me temo que las maestras (/os) que han tomado esta decisión están dinamitando la esencia de la cultura lectora. Leemos para contrastar, para salir de nuestro limitado punto de vista, para plantearnos otras posibilidades, para ser más libres. Tal cerrazón en quienes deberían abrir horizontes plantea inquietantes dudas sobre a qué manos estamos confiando la educación de nuestros hijos.

 A veces los medios de comunicación que jalean estas medidas “pioneras” están olvidando que la censura y/o quema de libros siempre ha sido una primera medida de los totalitarismos de todo tipo. Y similares actuaciones confirman la sospecha de que el radicalismo de género es un totalitarismo de manual.

domingo, 7 de abril de 2019

REINA ROJA, de Gómez-Jurado



Acabo de terminar Reina roja, última novela de Juan Gómez-Jurado, uno de nuestros superventas más consolidados. Es lo primero suyo que he leído, y confieso que me ha atrapado de principio a final. Esto puede parecer un elogio un tanto tópico, pero declaro que para mí resulta cada vez más infrecuente.

La novela trata de la investigación parapolicial de una desigual pareja formada por Jon Gutiérrez, inspector caído en desgracia, y Antonia Scott, una superdotada y superatormentada. Ambos han sido reclutados para prestar servicio en un cuerpo secreto que investiga los crímenes más delicados o inquietantes.

La novela se compone de una serie de fórmulas narrativas que funcionan. Los protagonistas, a pesar de ser tan discordantes, tienen su química: ella es una friki hipervulnerable y él es un poli bueno corpulento, vasco practicante, y gay fuera del armario. La historia de secuestros y chantajes está bien hilada; las descripciones son detalladas y con una cinética precisa y gráfica; el tono es ágil y, cuando procede, salpicado de humor; cuando no, de tragedia. Se nota que hay detrás una labor de documentación que se inserta sin estridencias.

El problema del género negro es que está tan de moda y tiene tantos precedentes audiovisuales que la originalidad es difícil. Y hay que admitir que algunas series televisivas rozan la categoría de obras de arte, y en ocasiones el narrador que quiere abordar este campo las toma, conscientemente o no, como modelo. La estructura de Reina roja está muy cuidada, a base de vaivenes de los personajes que culminan en un antológico clímax, pero no puedo evitar que me recuerde al patrón establecido por Mentes criminales. Esto no es un reproche, que conste. No hay más que ver los créditos de cualquier serie de éxito para comprobar que es producto de un ingente equipo de personas con talento, mientras que una novela es (en principio) labor de una sola.

Igualmente, una fórmula que busca vender emplea elementos narrativos de probada eficacia. Por ejemplo, el malo (uno de ellos) es un psicópata maniaco religioso que en su infancia recibió… sí, abusos de su padre. Los protagonistas cumplen con la cuota recomendada de marginalidad. Hay un poco de sana crítica al capitalismo, y los ricachones se parecen mucho a personas conocidas de la empresa y la banca de nuestro país. No falta el poli chulo que obstaculiza la labor de los protagonistas. Un hombre conoce a la que será su mujer cuando ella le ve leer un libro de poemas y, guess what?, ella le recita uno de memoria. Tampoco falta el “to be continued” propio de los finales de temporada.

Supongo que este es el requisito de escribir historias que venden: narrativas reconocibles que vuelvan a emocionarnos con fórmulas ya probadas. No busquemos sabiduría más allá de lo aceptado, u originalidad más allá de lo recomendable. Pero Gómez-Jurado tiene el mérito insoslayable de contar una historia negra endiabladamente bien.