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domingo, 31 de marzo de 2019

FAUNA URBANA VI: BICIPÉDALUS ARROLLANTIS

CVF 2019


Depredador omnívoro que sale de su hibernación en torno a principios de marzo, y que desarrolla sus instintos desde la pubertad, o incluso antes. Para la consecución de sus objetivos emplea un vehículo de automoción de dos ruedas que conduce con considerable destreza, aunque actualmente existe un debate entre la comunidad científica sobre si las numerosas víctimas de sus ruedas se deben a su insuficiente habilidad al manillar o, por el contrario, a su esmerada puntería.

Desprecia las calzadas como hábitat natural donde conducir su vehículo, si bien no porque le parezca un territorio hostil o peligroso, como demuestra su inveterada costumbre de circular contra corriente cuando ocupa esta vía pública. Tampoco demuestra aprecio alguno por los carriles bici, salvo que vislumbre a un peatón despistado en lontananza, en cuyo caso se apresurará a incorporarse al carril con objeto de embestirle o, en caso fallido, para insultarle por su falta de respeto de los espacios públicos.


El bicipédalus caza viandantes de todas las edades, aunque siente predilección por las hembras mayores de setenta años u otras más jóvenes que perambulan a sus crías. Una vez se cierne sobre su presa, acostumbra a abandonar el lugar a una velocidad aún mayor a la empleada para su ataque, lo que puede acarrear nuevos impactos en cadena.




Fauna urbana

domingo, 24 de marzo de 2019

Mi último hijo

Este pasado martes, 19 de marzo, Día del Padre, vio la luz mi nuevo hijo. Se trata del libro From Victorianism to the Second World War, una breve introducción a la narrativa y poesía inglesas escritas entre 1830 y 1950, editado por Siníndice.


Se trata de un manual de lectura asequible destinado a estudiantes con un nivel avanzado de inglés que quieren familiarizarse con los clásicos británicos e irlandeses de este periodo. He procurado ser selectivo en la elección de autores y evitar excesivas enumeraciones de nombres que poco o nada sugieren a los neófitos, además de ser conciso en la definición de las características principales que definen cada época, tendencia o movimiento.

En estos tiempos de cierto desprecio por el canon tradicional he optado por incluir en mi introducción los nombres que el tiempo ha sancionado a lo largo de varias décadas de lecturas receptivas. El tiempo y el consenso de generaciones de lectores me parecen criterios fiables para seleccionar el ramillete de clásicos que todo graduado en Estudios Ingleses debiera conocer. Adjunto una imagen de cada autor destacado, con el fin de humanizarlo e invitar a leer su rostro a la vez que sus obras.

La transformación del mundo en la centena larga de años que transcurren en mi libro es tan radical y profunda que resulta imposible entender la época presente sin un conocimiento básico de esta. La Era Victoriana conoció el clímax de Gran Bretaña como gran potencia mundial, con sus dimensiones económicas, industriales, tecnológicas, financieras, geográficas, ideológicas y culturales. Este poderoso imperio entró en el siglo XX enfrascado en la peor guerra que había conocido la Humanidad, aunque luego vendría una segunda aún más mortífera. A partir de esta, el mundo nunca sería igual.

Mi objetivo es interesar a los lectores en este periodo tan fascinante y desconcertante a través de lo que de él contaron algunas de sus mentes más brillantes. Conocer la literatura que se produjo entonces nos ayudará a comprender quienes somos, y en qué creemos o no creemos hoy.

domingo, 17 de marzo de 2019

SACERDOTES Y PEDERASTIA


En los dos o tres últimos años (y a pesar de los esfuerzos del Papa Francisco por ganarse a la prensa), casi siempre que la Iglesia Católica protagoniza titulares no es tanto por sus tareas humanitarias o educativas en el primer o tercer mundo, sino por los abusos a menores cometidos por sacerdotes y/o el encubrimiento de sus superiores.

A nadie se le oculta que la pederastia de sacerdotes es un colosal escándalo para una iglesia que, al menos en la cristiana Europa, experimenta un retroceso en su influencia.  Resulta abominable que quien debería edificar e iluminar se aproveche de la inocencia de menores confiados a su cuidado. Para mí resulta un misterio de las oscuras cavernas del alma humana cómo un hombre que, contra corriente hoy más que nunca, ha sacrificado amores humanos, familia, paternidad, tiempo, incluso riquezas, por seguir un ideal de servicio cristiano, haya podido caer en tan espantosa práctica. Y además del grave perjuicio sobre sus víctimas, el sacerdote pederasta dinamita los delicados cimientos de la confianza en la Iglesia. Hay vaticanólogos que identifican esta plaga con el apocalíptico tercer secreto de Fátima.


Pero, al igual que no es oro todo lo que reluce, tampoco es excremento todo lo que hiede. Y por muy abominable que nos resulte la pederastia, no hay que olvidar que el primer principio de la justicia es la presunción de inocencia. El acusador tiene que ser capaz de probar su acusación, y no al contrario. Sin embargo, en esta materia la opinión pública tiende a prejuzgar al acusado mucho antes de que se le declare culpable.

Así, es una ingenuidad pensar que nuestros niños, a menudo testigos involuntarios de situaciones que aún no pueden asimilar, nunca se equivocan, o nunca mienten. O que, si una persona de cuarenta años decide acusar a su antiguo profesor, siempre lo hace por amor a la verdad. Y hay otros factores que, siquiera en una minoría de casos, pueden empañar la acusación. Conviene recordar que la Iglesia desde sus inicios ha suscitado odio o rechazo, y no sería exagerado contar por millones a quienes, por un motivo u otro, quisieran verla difunta. Y ahora esta escandalosa brecha abierta por eclesiásticos indignos proporciona munición inestimable para quien quiera explotarla.

En resumen, tolerancia cero con la pederastia, pero presunción de inocencia y procesos no mediatizados o prejuzgados. Y, señores obispos, aunque haya pocos candidatos, cuiden mejor el proceso de selección de personal.


domingo, 10 de marzo de 2019

Mujer y filología


En estos días previos y posteriores al gran fenómeno de masas del 8-M hemos escuchado a políticos y otros oráculos incidir en la gran desigualdad de género que aún se da en nuestro país. Pero a mí en ocasiones me entra un poco la duda y pienso que nos están pintando la España de nuestras abuelas. Quizá se carguen las tintas porque estamos en campaña (aunque ¿cuándo hemos dejado de estar en campaña en nuestro país?), o quizá es que mi percepción anda muy equivocada. En este caso, parte de la culpa la tendría mi propia trayectoria profesional, que presuntamente condicionaría mi visión del problema.
          Me explicaré. Entré en la Universidad de Valladolid en 1984 (uf, ya lo sé, no lo digáis), y tras debatirme entre Arquitectura o Filología Inglesa (dilema lógico donde los haya) opté por lo segundo, y en mi primer día de clase comprobé que mis compañeras constituían un 90%. En tercero me trasladé a la Universidad de Oviedo, y la proporción se mantuvo aproximada. Allí el departamento de inglés estaba dirigido por una catedrática, que infundía un respeto tan incuestionable que ningún profesor, ni siquiera en la intimidad, se refería a ella sin añadir “doña” a su nombre. Por otro lado, el sector más influyente del departamento lo constituía un puñado de profesoras de manifiesto perfil feminista con un claro objetivo de crear escuela. Así, aunque yo obtuve el mejor expediente de mi promoción (con perdón), al cabo de diversos encontronazos contra el muro supe que, si quería hacer carrera docente universitaria, debía emigrar de Oviedo.
          Pero no hay mal que por bien no venga, pues así aterricé felizmente en la joven Universidad de La Rioja en 1994. Desde entonces he visto que por lo general las mejores notas se las han llevado las chicas (que siguen estando en torno al 90%), y eso se nota en la obtención de puestos docentes. Recuerdo que el último consejo de departamento empezó conmigo como único representante de mi (débil) sexo. Por cierto, desde hace años dirigen el departamento dos mujeres, así como la facultad tiene al frente a una decana con un equipo decanal formado por tres mujeres y un hombre, y los directores de estudios de los grados son cuatro mujeres y un hombre. Por otro lado, en mi disciplina los estudios de género son ahora una materia privilegiada de cara a la obtención de proyectos de i+d+i o a la publicación de artículos en revistas de impacto, ambos criterios clave para la promoción profesional.
          Este 8-M había programado en clase de teatro inglés un comentario-debate sobre uno de los primeros dramas renacentistas que presentan a una mujer que se impone intelectualmente a todos los demás personajes masculinos. Pero un par de días antes la delegada se me acercó y me comunicó que mis alumnas (son todo chicas) habían decidido ejercer su derecho a la huelga y no acudirían a clase, y que encontraría sus trabajos en mi buzón.
          –Lo que digáis –contesté.

Pues eso. Decir que el futuro es de las mujeres es quedarse corto: ya el presente es suyo. Al menos, en el ámbito de la filología.

          

domingo, 3 de marzo de 2019

NOVELISTA EMBARAZADO


Tal como anuncié en mi entrada pasada, por fin esta semana me he animado a emprender la que, si consigo terminarla, será mi quinta novela. Es un anuncio excesivamente anticipado pues, a juzgar por mis antecedentes, no creo que vea la luz hasta dentro de cuatro o cinco años. Pero me conviene anunciar mis proyectos novelísticos para obligarme a terminarlos, como hice desde la solapa de mi primer libro de relatos (1998) donde anuncié la preparación de Calle Menor (2004).

Si entonces y en otras ocasiones este sencillo truco me resultó provechoso, ahora quizá sea aún más necesario, pues escribir una novela requiere un esfuerzo ingente de concentración, algo que cada vez me resulta más arduo. No es infrecuente que los escritores profesionalizados se retiren unos meses a sus pisos francos para desconectar del mundo, pero los de mi segmento tenemos que conciliar este esfuerzo imaginativo con la vida familiar (la mía es exigente) y profesional (que en mi caso implica actividades también creativas como la docencia y la investigación)­­, además de otro sinfín de “extraescolares” que sería superfluo enumerar aquí (valgan como ejemplo para los muy curiosos mi dedicación a la revista Fábula o a la asociación de voluntariado universitario ASUR). O sea, que la distracción se cierne por doquier.

Han pasado unos cinco años desde que concluí la elaboración de mi última novela. En este tiempo me he centrado en otros proyectos académicos, aunque he seguido canalizando el pequeño arroyo de inspiración creativa dentro del género del microrrelato, bastante compatible con los otros menesteres. Pero la novela exige continuidad y exclusividad, aunque sea de una índole tan relativa como me permitan mis circunstancias personales.

A cambio, escribir una novela es una aventura gozosa, en la que el creador se sumerge en un universo de su invención que le lleva por derroteros imaginativos imprevistos. Ese es un ingrediente fundamental que, a los que no vivimos de esto, nos mueve a perseverar en una tarea tan poco rentable.

No es conveniente adelantar tramas, así que no me tiréis de la lengua. Solo diré que reaparece el estrafalario subinspector Mariana (Descubre por qué te mato) mano a mano con el pomposo profesor Millán Ayuso (Calle Menor), o sea, que va a haber algo de ficción detectivesca y un poco de ficción académica. Y también diré que, si mi corazón partío me ha movido a ubicar dos de mis cuatro novelas publicadas en Santander y dos en Logroño, esta quinta lo hará en ambas localidades. No diré más. De momento.