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domingo, 15 de julio de 2018

Juan Cerezo, Alberto Marcos y Andrés Pascual

La última semana del VI Taller de Creación y Crítica Literarias nos elevó por las alturas de las narrativas que funcionan en el mercado. Dos editores de sendos grupos editoriales punteros, Planeta y Random House Mondadori, y un escritor superventas. Respectivamente, Juan Cerezo, Alberto Marcos y Andrés Pascual.
            Con su características elegancia y aplomo Juan Cerezo comenzó esbozando un recorrido por la historia de la casa donde lleva más de veinte años, Tusquets, y mencionó algunos de los nombres que han florecido bajo su sombra: Luis Landero, Javier Cercas, Almudena Grandes, Antonio Orejudo, Rafael Reig o Fernando Aramburu, cuya Patria es el último gran éxito de la narrativa hispana.

            Tras este recorrido, Juan impartió todo un compendio de los principios de la crítica literaria, analizando  qué ingredientes de los elementos narrativos contribuyen a que una historia guste. En este “gustar” se sobreentiende el criterio de un editor veterano, quien valora en gran medida que un relato emocione, pero también es aplicable al de cualquier lector avezado.
            Así, desgranó los condimentos que aderezan el tono, la caracterización, el estilo, la estructura, el ritmo…, pero haciendo hincapié en la trama. En especial comentó las diferentes “plantillas” disponibles ante el autor (viaje, aventura, regreso, reconocimiento, expiación, ambición, venganza, superación, resolución de misterio, enamoramiento, lucha contra el mal, etcétera). Que tales arquetipos existan y se empleen no va en detrimento de la creatividad autoral. Las buenas historias, para Juan Cerezo, son resonancias de estas plantillas, condimentadas con la parte de originalidad personal e intransferible del autor.

Alberto Marcos envolvió a los asistentes con su calor y cercanía. Comenzó afirmando que la literatura es en primer lugar entretenimiento. Y siguió con otra afirmación no menos categórica: la mayoría de los autores no vive de escribir. Y menos en un país como el nuestro en el que un 40% de la población admite no leer nunca.
            Si Juan Cerezo analizó cómo un potencial editor juzgaría qué ingredientes funcionan bien en una historia, Alberto Marcos aportó varios detalles técnicos del funcionamiento de una editorial como la suya, Plaza & Janés, el sello superventas de Random House: tiradas, procesos de recepción, departamentos, publicidad, comercialización, etcétera. De la abundante información aportada, a este cronista le maravilla la afirmación de que todas las propuestas que llegan a Plaza & Janés (salvo las muy desenfocadas) se pasan a un lector para que elabore informe. Varios de los asistentes se emocionaron al recordar que hay personas cuya trabajo consiste en leer, y se interesaron por cómo obtener ese puesto. Pero tampoco se gana mucho, aclaró Alberto.

           Otros temas apasionantes fueron las ferias del libro, sobre todo la de Frankfurt; o la retroalimentación con lo literario que llevan a cabo plataformas como Netflix o HBO. Aunque su accesibilidad puede distraer al público de la literatura, al ofrecerles multitud de opciones de buenas narrativas audiovisuales, también se da el caso de que revaloricen obras literarias pasadas, como es el ejemplo de El cuento de una criada.
            Para concluir, Alberto obsequió al respetable con dos series de consejos. La primera sobre el oficio de escritor; la segunda, sobre cómo presentar una novela a un editor. Podría reproducirlos aquí si tuviera más espacio y menos pereza…

 
El jueves 12 de julio cerró el taller Andrés Pascual, un escritor que sabe de que habla cuando se trata de narrativas que funcionan. Su trayectoria imparable  desde su primera novela,  El guardián de la flor de loto, lo demuestra. También dio consejos sobre la forma de la narrativa (diversidad de elementos en equilibrio, mostrar en lugar de contar, menos es más, eliminar “hernias preciosas”, etcétera) , pero el núcleo de su intervención  se centró en la esencia, quiso hablar al corazón de los escritores (en potencia o en acto) que le estaban escuchando, para ayudarles a entender mejor qué es lo que hacemos cuando nos ponemos delante del folio en blanco/pantalla en negro, y por qué lo hacemos.
            Así, lanzó preguntas capciosas como “¿Qué elemento esencial (solo uno) de tu oficio de escritor consideras irrenunciable? O, aún más difícil: “¿Quién eres tú?” “¿Cómo te defines en cuanto a creador?” En todo momento apeló a la autenticidad, a descubrir qué es lo que nos hace únicos e irrepetibles, y, una vez identificado, volcar este factor diferencial en el arte de la escritura.
            Casi nada, ¿no?

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