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domingo, 28 de enero de 2018

200


No, no se trata del famoso cómic de Frank Miller (pasado al cine por Zack Snyder) en temporada de rebajas. Se trata de la media de asistentes a cada una de dos veladas poéticas muy dispares celebradas la semana pasada en la muy ilustre ciudad de Logroño.
            La primera fue el lunes 22 de enero y corrió a cargo de Luis García Montero, uno de los nombres de referencia en el panorama poético actual. Lo invitaba la Cátedra de Español de la UR, para mantener un coloquio abierto conducido por Xelo Candel, también profesora universitaria y poeta.
García Montero (izq) y acompañantes. Foto: UR
Yo había tenido el privilegio de asistir aquella mañana a la rueda de prensa que concedió en la universidad, y pude charlar con él y presenciar la prometedora entrevista que concedió a Evelyn Pérez para el futuro Fábula 42. Digo esto porque, cuando acudí esa misma tarde el acto público, lo hice con la idea de apoyar con mi presencia un acto que podría no tener la concurrencia que merecía. En estos casos siempre recuerdo la conferencia que organicé años atrás, a la que traje a un especialista de EE.UU solo para la ocasión, y asistieron… ¡dos alumnos!
Pero esta vez me equivoqué de plano. Llegué un par de minutos antes de la hora y ya no se cabía en el Ateneo. Ante el riesgo de incidentes por aglomeración, el presidente se vio obligado al mal trago de clausurar la entrada, así que varias decenas se quedaron con las ganas. Total, entre los sentados, los de pie y los excedentes, calculo que unos doscientos logroñeses acudieron a oír a García Montero un lunes de crudo invierno.
¿Implica esto un renacimiento del interés poético en nuestra localidad? Ojalá. Mientras oía al poeta con su verbo pausado, grave, curtido en mil batallas, disertar sobre los Novísimos, la Poesía de la Experiencia, de la Conciencia y otras tendencias recientes, no podía dejar de admirarme por la atención incondicional que le prestaban los asistentes, varios de ellos aparentemente ajenos (oh, ojo prejuicioso) al perfil de letraferit. Pero da gusto equivocarse así.
Por cierto, me gustó mucho escuchar a García Montero (más en la tranquilidad de la mañana que en la aglomeración vespertina, he de confesar). Por supuesto, no coincido con él en todas su opiniones, pero me emocionó especialmente su visión del papel del profesor maduro que se esfuerza en compartir su visión con las nuevas generaciones de alumnos, de intereses en apariencia tan distantes.
El segundo acto poético corrió a cargo de José María Martínez Zabala el viernes 26 de enero, en el centro Cajarioja. De nuevo el nexo de unión fue la audiencia, que vuelvo a situar en unos 200 o más, esta vez sin necesidad de evacuar a nadie. Presentaba su libro primerizo La Rioja en verso, que apela a un aspecto arraigado con fuerza en el corazón de nuestros compatriotas: la querencia del terruño. Así, José María dedica en su libro un poema a cada uno de los pueblos y ciudades de La Rioja, de un modo indulgente y socorrido, sin agobiarse con tonterías de métrica o rima que no sean pareados trillados. Nada que ver, pues, con Gil de Biedma, Los Novísimos, la Poesía de la Experiencia o de la Conciencia. Y, sin embargo, aunque García Montero llenó el Ateneo, Martínez Zabala tuvo tanto público o más.

¿Qué está pasando en nuestro ámbito en materia poética? Sea lo que sea, es buena noticia que la poesía mueva masas. Como diría el cartero de Pablo Neruda, “la poesía es de quien la necesita”. Y si poemas encabezados por : "Dentro del Valle del Tuerto / y muy lejos del Mar Muerto..." emocionan a un oyente que nunca disfrutará con un verso novísimo, ¿quién soy yo para desdeñarlo? ¿O tú, mi hermano lector, mi Abel, mi semejante?
José Mari encandilando a su audiencia. Foto: CVF

domingo, 21 de enero de 2018

Manzanas robadas, de Miguel d'Ors



Cada vez me cuesta más recomendar libros. Y también poetas. Pero este libro y este poeta son sin duda recomendables.

 

Manzanas robadas, de Miguel d'Ors
Renacimiento: 2017.

BUSCANDO UN SABOR INTENSO

Si no fuera porque Miguel d’Ors no se merece el tópico, empezaría este comentario diciendo que no necesita presentación. Que hay pocas voces poéticas en nuestro panorama contemporáneo en lengua española que puedan acreditar una trayectoria tan consolidada. Así que no lo haré (más).
            Empezaré por el final. En el colofón (literal) del libro, d’Ors se sitúa frente al lector y le dice que “para/ que tú contemples tu cara/ te ofrezco un autorretrato”. En efecto, esta poesía aparenta un perfil alto que invita a reconstruir una semblanza del autor: amante del campo y la naturaleza, montañero empedernido, y capaz de elevarse desde “las flores amarillas de las xestas”, “el pajarerío que vivifica el monte” o el “azul frayangélico de esta mañana” hacia el sentir de la presencia de un “Amor injustificable”. También le podemos atribuir cierta querencia por los rincones solitarios, por una especie de autoexilio, acaso solo aliviado por su reciente compañera de paseos, “Orly” (que, por supuesto, no se queda sin poema).
            Como ya conocen los fieles lectores de d’Ors, regresa con frecuencia a los eternos veranos de su infancia y juventud en la aldea gallega de Paraños, su particular paraíso perdido. Este motivo le inspira diversas evocaciones poliédricas, Así, aunque aconseja no regresar al sitio donde “alguna vez […] fuiste feliz” pues “la casa de la infancia se habrá vuelto/ más pequeña […]/ y en vano buscarás los pájaros de antaño”, sin embargo también se ve capaz de conjurar los benditos espectros de los lugareños en un poema (“Pero algo hay”), o de regresar a la feria de Cuspedriños llevándose a casa tantísimos recuerdos para recrear poéticamente.
            El “miguel d’ors” que aquí se autorretrata también se antoja otoñal, incluso invernal (“quien sabe si entonces yo estaré aquí para gustarlo/ y hacer que estas de hoy no hayan sido las últimas [moras]/ de mi vida”), pero también se muestra inusitadamente satisfecho con lo que ha sido o ha dejado de ser su vida, y en especial su vocación de poeta. Así, aunque al echar la vista atrás cataloga su “biografía como de triángulo escaleno”, no deja de percibir un destello de reconocimiento que le confirma que “merece la pena ser poeta”. Lejos de caer en el pesimismo existencial y la desesperanza, concibe la presente como una “vida maravillosa que tanto nos halaga”, y que permite “atisbar/ detrás de todo lo que nos conmueve/ esas Manos que impulsan y sostienen […]/ cada instante del mundo”.
            Hay, pues, un sentido de maduración en el autorretrato que se dibuja, de que la edad puede hacernos más sabios para captar los variados mensajes que se ocultan en la realidad exterior, y también acaso más humildes. En este sentido, destacan los versos en los que el poeta contempla la nevada nocturna que recubre de blancura y silencio el paisaje matutino:

lo que me conmovió por más adentro fueron
–quizá porque de un modo misterioso
me hablaban de mí mismo,
de mis versos, no sé, de mi presencia
en el tiempo–
                        las leves
huellas de los gorriones en la acera.

Dicho lo anterior, sería un error hacer estricta biografía a partir de la información aportada en el poemario. La poesía de d’Ors, a pesar de sus muchos elementos vivenciales, sigue siendo en gran parte invención, y creo que es procedente relativizar el grado de exactitud de la anécdota. Y aunque el tono predominante muestra la madurez del filósofo wordsworthiano que aprende del tiempo y la naturaleza, en alguna ocasión revierte al humor (moderadamente) “canallesco” de un d’Ors más joven y guasón, como es el caso de los “Materiales de construcción” o la referencia a los “farmacéuticos y fiscales con sus gorditas”.
Una última nota sobre el título del libro, que se aclara al leer el final del poema “Aquel sabor”: “quizá escribir versos solo sea/ otra manera de robar manzanas”. En efecto, el “miguel d’ors” infantil de este poema buscaba, al incurrir en una minúscula fechoría, un sabor irrepetible. Acaso también los ecos remitan a otro insigne robador de fruta natural de Tagaste, que igualmente buscaba un sabor irrepetible y también se esforzó –superada la fase cleptómana– por “sentir que tantas cosas/ entre las que transcurren las vidas de los hombres/ son respuestas que llegan/ desde el ardiente reino del Misterio”. Aunque la analogía es lícita, estos versos no son del tagastino; como todos los entrecomillados en esta reseña, son palabra de d’Ors.

domingo, 14 de enero de 2018

El mejor superlativo de su generación

Esta semana vi un gran cartel en la entrada de una librería anunciando "La novela más hermosa que se ha escrito en La Rioja". Me recordó un editorial que escribí hace varios años para Fábula, que ahora rescato aquí.


EL MEJOR SUPERLATIVO DE SU GENERACIÓN

En ocasiones leemos en cierta crítica literaria frases en las que el crítico en cuestión, haciendo gala de vasta sabiduría y destreza con el Google, sentencia sobre un determinado escritor en los siguiente términos: “Fulano es sin duda el mejor novelista (/poeta/ dramaturgo/ cuentista/ estudioso de X/ etc.) de su generación (/del momento/ del país/ de su ciudad/ etc.)” Así, sin paliativos. Y se queda tan ancho.

            Pues bien, analicemos la frase.
            Que yo afirme, por ejemplo, que Fulano es, siquiera en el entorno de su pueblo, el mejor poeta de su generación con una mínima pretensión de rigor implicaría haber cumplido varios requisitos previos. Para empezar, que yo haya realizado una completa búsqueda de todos los poetas susceptibles de inclusión en el colectivo circunscrito. Después, que haya leído absolutamente todo lo que han escrito estos. Y, tras esta lectura exhaustiva, que yo haya analizado con detenimiento y sin parcialidad ese corpus. Por último, autorizado por mis amplios conocimientos de teoría, historia y crítica literarias, mi análisis comparativo me coloca en situación de poder afirmar, siempre según mi subjetivo y acaso falible criterio, que Fulano me parece el mejor de todos los poetas de su pueblo que he podido localizar.
            Algo similar sucede cuando en la vida cotidiana Mengano afirma que “Zutano habla doce idiomas a la perfección”. Para que tal juicio sea válido, sobre todo el matiz de grado, Mengano tendría que conocer esos doce idiomas hasta un nivel cercano al de la perfección que atribuye a su admirado Zutano. De lo contrario, la frase carecería del más mínimo valor testimonial.
            Pero, volviendo a lo literario, huelga decir que, en la mayoría de los casos, el crítico que enarbola el superlativo no suele cumplir todos los requisitos arriba expuestos. Si lo hiciera, no podría humanamente escribir una reseña superlativa cada semana. El rigor es algo pasado de moda, y, total, nadie se va a dar cuenta de la diferencia. Además, cuando se trata de elogiar, es mejor pasarse de largo que de corto. Se saca más.
            Una variante de este fenómeno se produce en las antologías, esas injusticias necesarias. Cuando el antólogo afirma que “estos quince autores son los más representativos de su generación” es posible que no siempre se haya molestado en realizar un exhaustivo trabajo de campo entre otros posibles candidatos a la selección. En ocasiones preferiríamos que el antólogo expiara la inevitable injusticia a golpe de sinceridad: “Estos quince autores son los más colegas míos/ los que luego me van a antologar a mí/ los que me van a invitar a sus montajillos/ los que mejor apadrinados están/ etc.”
Tamaña sinceridad –cuando fuera el caso– evitaría malentendidos y ciertamente haría de la república de las letras un lugar bastante más ameno, al tiempo que, probablemente, no restaría un ápice de mérito a los antologados.


 


 

domingo, 7 de enero de 2018

La república de los Reyes Magos


Ayer los enigmáticos microorganismos que operan dentro de Facebook me sugirieron re-publicar (en plena fiesta monárquica) una entrada colgada en otro 6 de enero, hace dos años. La entrada a su vez remite a este blog, a un microrrelato sobre la inexorable epifanía (o revelación) que sufre todo infante español al que se le revela que sus queridos Melchor y cía. no son los auténticos donantes de presentes. Quienes nos hemos criado dentro de esta tradición hemos sufrido en mayor o menor medida tal desilusión, que marca el principio del fin de la inocencia. Pues bien, a veces me pregunto si esta bienintencionada parafernalia que los padres construimos en torno a la fiesta cristiana de la Epifanía no andará un tanto descaminada.
Es cierto que en los años en que dura el dulce engaño los niños se emocionan con las cabalgatas, con el turrón de los camellos, con la magia de que unos barbudos extranjeros te inunden de regalos porque sí. También es verdad que la desilusión referida no suele resultar demasiado traumática, toda vez que las desconsoladas criaturas entienden que, a partir de ahora, seguirán recibiendo regalos cada 6 de enero, ya a las claras con cargo a la visa parental. Pero me pregunto si, tal como vivimos esta entrañable tradición, no estará sembrando semillas oscuras para el futuro de los hijos.
Para empezar, el mismo planteamiento de la fiesta. El broche final de las navidades no consiste en salir a compartir lo nuestro con quien no tiene, o en apoyar a quienes necesiten nuestra ayuda; no, el niño aprende desde que tiene recuerdos que el 6 de enero tiene derecho a recibir su acostumbrado cargamento de juguetes, tanto en la casa propia como en la de los yayos, los tíos y algún amigo cercano de la familia. El fundamento es el mismo que el del anuncio de Loreal: porque yo lo valgo. Así, construimos una estupenda escuela de consumismo y egoísmo envueltos en puro amor.
En segundo lugar, la semilla del desengaño con la autoridad paterna. Al llegar el momento de la referida revelación, el niño es consciente, aguda y amargamente, de que sus padres han venido alimentando una falsedad –por muy dulce que haya resultado– durante varios años. A partir de ahora, nada será igual. Lo de que si comes muchas golosinas te saldrán lombrices ya no empieza a colar como antes, y quizá pronto tampoco colará lo de si no estudias no serás nadie en la vida, o lo de si bebes no conduzcas, o lo de no te metas substancias desconocidas porque te autodestruirás. Ha empezado la sombra de la sospecha, que tanto fructificará en la adolescencia.

En tercer lugar incluiría la semilla de la incredulidad religiosa. Este primer gran chasco, en torno o poco después de la primera comunión (evento memorable que, para los padres modernos, implica que ya no tienen que volver a misa los domingos) puede llevar a que el niño empiece a pensar que quizá tampoco hubo mula ni buey, luego que tampoco nació el Niño en Belén, y así hasta pensar, como me dijo una inteligente alumna de veintiún años, que “el cristianismo es imposible porque una paloma no puede inseminar a una mujer”.
En definitiva, cuando algunos ayuntamientos bienpensantes hacen lo posible para cargarse la tradición de los Reyes Magos, igual los cristianos tampoco deberíamos alarmarnos tanto.