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domingo, 21 de octubre de 2018

Reseña andaluza

Se me hace tarde y he quedado a cenar en un restaurante etíope donde no está permitido comer con cubiertos. Así que, aunque tenía cosas interesantes que escribir, lo dejaré para mejor ocasión. En su lugar reproduzco una reseña reciente de mi última novela, para que no os olvidéis del todo de ella. Salió publicada en el Diario de Córdoba, y le agradezco al doctor Prendes que me comunicara su existencia.


domingo, 14 de octubre de 2018

Póker de autores

Me llena de orgullo y de sana satisfacción (sic) anunciar en este foro mi próximo libro, una historia abreviada de la literatura inglesa en los periodos victoriano y moderno. Saldrá publicado por Siníndice dentro de poco. Incluso me he animado a esbozar la imagen de portada, cuya versión provisional aporto aquí.

Me hacía gracia imaginar a seis de los grandes nombres de la literatura inglesa de estos periodos jugando una partida de póker. Se sugiere así la dimensión lúdica del acto de creación literaria, al tiempo que se subraya la interacción que unos autores tienen sobre otros, aunque no se hayan conocido en persona o ni siquiera hayan sido contemporáneos.

Hay muchos manuales de literatura inglesa circulando, pero el gran problema que les veo a la hora de recomendarlos a mis alumnos es la inapropiada dosificación. La inmensa mayoría recurren al "name-dropping" (citar nombres y más nombres) con más profusión de la deseable para neófitos en la materia. Y también es difícil alcanzar un punto de equilibrio entre la información general y la particular. Espero haber contribuido algo en este aspecto.

domingo, 7 de octubre de 2018

Ángeles y camareros



A pesar del obvio tono de mi anterior entrada, lo cierto es que para el viajero en tierra ajena el móvil viene caído del Cielo. Aunque sea también arma de doble filo, te ayuda a seguir en casa aunque estés fuera; Google Maps –el mejor invento después de la rueda y la lavadora– evita que me extravíe cada día; y la aplicación de radio me alivia los grandes desplazamientos, además de que permite “hacer oído”.

Sirva esto de preámbulo para comentar un reportaje escuchado hoy en la BBC dedicado a las creencias religiosas de las nuevas generaciones irreligiosas. El punto de partida era un reciente estudio según el cual, por primera vez en la historia conocida, más de la mitad de la población británica declara no tener religión. El porcentaje crece, como es previsible, a medida que desciende la edad, y se dispara por debajo de los 30. En España no creo que lleguemos a estas cifras… aún. Para bien y/o para mal, en muchos aspectos sociológicos el Reino Unido es una avanzadilla de países como el nuestro.

Pero el reportaje contrastaba estos datos con algunas paradojas. Basándose en un corpus de mensajes en redes sociales ante tragedias o atentados, constataba que muchos jóvenes piden oraciones en sus textos, o asimilan la marcha de sus seres queridos con un nuevo estado en el más allá. En este sentido, hay un aumento patente de creencia en los ángeles y en los espíritus entre el segmento poblacional que se declara más irreligioso.
Un ángel "cool", según Jenny's Creations

Por supuesto, se citó la famosa frase de Chesterton que viene a decir que cuando el hombre deja de creer en Dios acaba creyendo en cualquier cosa. Pero también se matizó que declararse sin religión no equivale a declararse ateo. De hecho, según este estudio, el ateísmo recalcitrante está en franca decadencia, dejando paso a la duda, la indiferencia, o a la desvinculación de religiones formales, a una espiritualidad “abierta” o “a la carta”, en la que cada uno escoge los elementos que le atraen de las diversas propuestas.

¿Es esto un avance en la madurez intelectual contemporánea, o un síntoma de individualismo y búsqueda de lo fácil? Habría que pensarlo. Creo que también interviene la franca decadencia que sufre el concepto de autoridad en nuestra sociedad, lo que va unido a una gran desconfianza en quien antaño la detentaba. Este fenómeno, que está detrás de la crisis que atraviesa la educación (mucho más grave que los recortes), tiene también repercusión en la práctica de la religión establecida.

Supongo que habrá espiritualidades que se adapten mejor a la moda, pero la que ha sido la fe mayoritaria en nuestro país durante siglos mantiene que ha sido revelada. Por tanto, unificada por el envoltorio del amor al creador y a la criatura, ofrece un pack bastante definido. No se deja fragmentar bien.

domingo, 30 de septiembre de 2018

FAUNA URBANA II: MOVILADICTO

Entrada no tan nueva, pues reciclo una anterior. En realidad no debería incluir esta especie entre la fauna urbana, pues sus síntomas constituyen ya una pandemia universal harto evidente, no solo entre jóvenes, ni mucho menos. Aunque siempre se pueden alcanzar nuevas cotas: este verano había muchas chicas que paseaban por la orilla de la playa con el móvil ajustado entre las cintas del escueto bañador.




Desde que se inventó el smartphone se acabaron las esperas aburridas en la parada del autobús o en la consulta del médico, o los viajes tediosos, y ya no se sufre en las conferencias de obligada asistencia ni en las clases tostón. Los parlamentarios sestean menos en sus escaños, y en las reuniones de trabajo los voceros vocean menos. Podría decirse que todo son ventajas.

¿Todo? Bueno, nuestro espécimen de hoy se caracteriza porque, además de llevar el bendito aparato en todos los ambientes arriba descritos, resulta incapaz de apagarlo cuando la prudencia podría así aconsejarlo. Puede estar presenciando un espectáculo por el que ha pagado una entrada no barata y, en el punto más álgido, dedicarse a contestar al whatsapp entrante o testificar por Facebook que le “gusta” la última monada de sus colegas. Igualmente puede hacer lo propio en medio de una clase interesante, durante la homilía del funeral de su tío, o en la cena de los treinta años de su promoción. Se da incluso la posibilidad de que dos amigos se digan todo por Messenger y, cuando se ven en persona, se remitan a la información allí contenida.

Con todo, esta especie también puede inspirar poesía y arte. He aquí una muestra:


LA JOVEN DEL SMART-PHONE

Sentada bajo urbana marquesina,
cruzadas esas piernas transitivas,
pulgares en furioso movimiento,
el autobús esperas sin urgencia.
Ignoras las miradas dedicadas
por tus hordas admiradas de devotos
–si fuera yo un ulises navegante
tendría que amarrarme bien al mástil
para no sucumbir–. Pero tú sigues
ajena a distracciones, perseveras,
no hay nada en esta hora que te aparte
de lo que reverbera en tu pantalla.
Y tras tu eternidad de vigilancia
sobre otros mundos que no son el tuyo,
y antes de que el ómnibus te lleve
y salgas para siempre de mi vista,
consumas tu labor,

marcas: “Me gusta”.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Saludos desdr Brighton

La verdad es que pensaba haber empezado con más rigor la nueva temporada bloguera, en concreto el nuevo comienzo de la serie "Fauna urbana". Pero hay cosas que se anteponen en mi vida. Ahora, por ejemplo, escribo desde Brighton, donde pasaré un mes. Ya os contaré si encuentro huellas del pobre Pinkie. De momento, os mando saludos desde el Royal Pavillion. Que disfrutéis del otoño veraniego mientras yo me acostumbro al invernal.

domingo, 9 de septiembre de 2018

FAUNA URBANA I: PLAYEROS VERTEDEROS


Hace tiempo que pensaba recomenzar una serie que inicié años atrás, Fauna urbana, apuntes sobre congéneres nuestros que dan alguna nota.

Como los ecos de la playa ya han pasado a ser parte de mi nostalgia veraniega, aprovecho para reinaugurarla con una fauna playera que hace lo que puede para aliviar aquella.

Lo más divertido, por supuesto, ha sido desempolvar los lápices.


FAUNA URBANA I
PLAYEROS VERTEDEROS



Les oyes llegar, les oyes instalarse, y también les oyes (¡oh!) marchar. Parecen estar enfadados entre sí, pero tal apreciación es inexacta. Son una manada unida, y, a su modo, se quieren. Solo que cualquier pequeño detalle, hasta dónde plantar la sombrilla, es objeto de discusión bronca aireada a las cuatro brisas.
   Aportan el hilo musical (valga el optimismo) al entorno cercano y hasta lejano, y ayudan a sus vecinos a ponerse al día en lo último de reggaetón, flamenco o chunta-chunta. Con frecuencia se agrupan con manadas afines y comentan incidentes de su cotidianidad a voz en grito, salpicando su anecdotario con juramentos o risotadas, y todo sin necesidad de bajar el volumen del aparato.
    No son muy dados al ejercicio físico, salvo el relativo al flexionamiento de codo y de musculatura maxilar. Por este comprensible motivo tampoco son muy dados a caminar hasta el cubo de basura playero más próximo para depositar los innumerables restos orgánicos e inorgánicos de sus avituallamientos. No pretenden privar al que venga detrás de la ocasión de agacharse y recoger sus plásticos, mecheros, envases, briks, compresas, etc.
   La teoría que afirma que un botellín de Cacaolat tarda quinientos años en degradarse, o que envenena fatalmente al ecosistema marino, no les parece suficientemente contrastada científicamente, y por tanto la desdeñan desde una postura crítica.
   Aunque cueste entenderlo, la opción de este grupo humano es, sin embargo, radicalmente democrática. Hasta las piscinas públicas requieren de algún tipo de suscripción o entrada. Pero la playa es del pueblo, la playa es de todos, ¿no es verdad?


domingo, 2 de septiembre de 2018

BIEN HALLADOS

Estimados amigos, lectores y voyeurs:

Espero que hayáis tenido un buen agosto. Yo, como podéis comprobar, me he tomado durante este mes un descanso en mi modesta faceta de bloguero. Sí, he vacacionado en mi Santander natal, pero que conste que tampoco me he estado rascando demasiado la barriga, pues, además de otros asuntos que no son del caso pero que han absorbido muchísimo tiempo y energía, me he ocupado en menesteres creativos. Por ejemplo, la redacción de algún nuevo microrrelato y la revisión y reorganización de los que ya tengo, casi ochenta. En este punto quizá me anime pronto a mandarlos a algún editor receptivo (¿hay alguno en ese lado?). El libro tendrá al menos dos partes, y en la segunda figurarán continuaciones, ecos o microhistorias relacionadas con las de la primera. Algunos ya los he ido publicando en estas páginas, y les podéis echar un vistazo AQUÍ.

Alargada sombra de bloguero...
También he podido leer bastante a la orilla del mar (ha caído, entre otros títulos, el afamado Patria, del que quizá escriba algo), y a mi discreto modo he contribuido a que no se extinga del todo la figura del lector playero, especie en serio peligro. También he asistido a tertulias con amigos de letras, y me he dejado caer por actos culturales (como la charla de Álvaro Pombo en el Casino de Santander, donde pude  escuchar las excesivas digresiones de un ponente que sabe encandilar a su público sin acaso molestarse en preparar sus intervenciones).

En fin, supongo que he recargado algo las pilas y me dispongo a afrontar un nuevo curso (es curioso que esta unidad escolar acabe determinando gran parte de nuestra organización temporal) con interesantes metas en el horizonte. Así, confío en que mi libro sobre los viajes de Graham Greene por España, que ya doy por terminado, vea pronto la luz en una editorial seria. También espero presenciar el comienzo de una nueva etapa en la vida de la revista Fábula, pues a partir de noviembre, gracias a los esfuerzos de un renovado equipo de entusiastas, cambiará el formato y el enfoque de sus contenidos. Me esperan también viajes a Brighton, Córdoba y Barcelona relacionados con trabajos de literatura inglesa.

Cosas que os iré contando. Pero sin prisa, ¿vale?

domingo, 29 de julio de 2018

Pero están vivos

Me van a permitir que haga un "destripoiler" de una de las últimas películas que he visto en el cine, Jurassic World: El reino caído (sí, lo confieso). Si alguno de mis lectores piensa ir a verla pronto, quizá debería parar de leer ahora. 



Pues bien, en un momento dado los protagonistas se enfrentan a un serio dilema moral: la regeneración de dinosaurios se ha ido de las manos, el futuro puede estar amenazado por la colosal intromisión en la evolución que supone que los humanos hayamos resucitado a los enormes lagartos, y llega un punto en el que los científicos (buenos) pueden anular toda esta amenaza apretando un botón que los extermine a todos, tanto carnívoros depredadores como amables herbívoros de cuello enorme. Incluso el personaje que más simpatizaba con los dinosaurios está dispuesto al sacrificio.

Pero aquí  irrumpe la niña de la película (siempre hay una), y en un gesto de firme resolución aprieta el botón que acaba salvando a los enormes bichos. "Pero están vivos", exclama, como única pero poderosa justificación de su acción.

En un pasado pensé en dedicarme a escribir columnas que sacaran alguna lección de películas populares. Hasta ahora no me ha dado la vida, pero en este caso la analogía que me vino a la mente fue bastante directa. Los que me leen con frecuencia seguro que ya lo intuyen, ¿a que sí?

Por cierto, ayer mismo leí en El Mundo una columna de Cayetana A. de Toledo que mencionaba el tema a propósito del nuevo giro de la política pepera. Selecciono un extracto:

"El aborto, en cambio, es y seguirá siendo fuente de divisiones profundas. No sólo en el centroderecha. Y no sólo por razones de fe. Abjuren del apostólico y populista Francisco y lean al ateo y ético Savater. La moral no es patrimonio de los católicos. Si aceptamos que todas las vidas valen lo mismo y no sabemos a ciencia cierta -literalmente- cuándo empieza la vida, entonces la decisión sobre su interrupción requiere, como mínimo, una cierta modestia. Es decir, asumir la complejidad, que es biológica, filosófica y también psicológica. Tan arduos y para adultos son los debates morales que las convicciones de una misma persona varían a lo largo del tiempo. Y no siempre en la dirección que fija el canon mediático. La clave no son tanto las creencias como las experiencias. Están las beatas que claman enfáticamente contra el aborto hasta que sus hijas de 18 años llegan a casa con la noticia. Pero también están las libertinas a las que el triple screening salió mal y que, entre la amniocentesis y su resultado, sufren como un perro, incapaces de olvidar el latido y la ecografía. El aborto es uno de esos dilemas que la tecnología no resuelve, sino que agrava."

En cualquier caso, ese es el problema; que están vivos.

domingo, 22 de julio de 2018

Dos extras del VI Taller

Para concluir mis minicrónicas del VI Taller de Creación y Crítica Literarias, "Narrativas que funcionan", querría hacer mención de dos extras que tuvimos el 5 y el 12 de julio, por gentileza de dos de los colaboradores/patrocinadores del taller: la editorial La Cabaña del Loco y la bodega Solar de Samaniego respectivamente.
Javier Jiménez al fondo, y un cogote privilegiado al frente.

Al final de la sesión del jueves 5 de julio acudieron Javier Jiménez López y Saray García, los responsables de la nueva editorial riojana La Cabaña del Loco, para hablarnos de sus planteamientos, objetivos, ilusiones... El nombre hace referencia a ese quijotismo que se asocia a todo editor pequeño que no busca la pasta por la pasta, sino que tiene por objetivo dar visibilidad a autores cuya obra lo merezca. Tampoco nos sorprendió, dentro de este planteamiento, constatar la voluntad de calidad de sus libros publicados hasta la fecha.

Unos días después nos visitarían sendos editores de los dos grupos hegemónicos en el panorama hispano, y hablaríamos de superventas. Pero este jueves 5 acaso a los asistentes al taller, muchos aún despegando como escritores, les quedaría más cerca una editorial vecina que está naciendo y que quiere encontrar valores que descubrir.

A mí, al menos, esta frecuencia de onda me resulta reconocible.

César León, un "coleccionista de comienzos"

Una semana después, el jueves 12, clausuró el taller César León, director creativo de las Bodegas Solar de Samaniego, tras la intervención de Andrés Pascual. Previa explicación del ambicioso proyecto para hermanar literatura y vino, Beber entre líneas, pasamos a catar unos excelentes tintos de la colección del mismo nombre, al tiempo que César nos leía los textos en los que un puñado de escritores y académicos de la RAE --Félix de Azúa, Álvaro Pombo o Soledad Puértolas-- habían expresado su personal apreciación de los caldos con sus personales estilos.
La próxima novela de Andrés va de riojas


Sin duda, las asistentes agradecieron este generoso colofón de un taller que, me atrevo a afirmar, ha estado a la altura de las expectativas, si no más arriba. Y, además de las siete fascinantes sesiones, hemos podido obsequiar a los participantes con tres números anteriores de la revista Fábula (donde publicaban Rubén Abella, Leticia Bustamante y Andrés Pascual), además de ofrecer esta estupenda cata de vinos. ¿Hay quien dé más por los 35 euros de la matrícula?
Fotos UR

domingo, 15 de julio de 2018

Juan Cerezo, Alberto Marcos y Andrés Pascual

La última semana del VI Taller de Creación y Crítica Literarias nos elevó por las alturas de las narrativas que funcionan en el mercado. Dos editores de sendos grupos editoriales punteros, Planeta y Random House Mondadori, y un escritor superventas. Respectivamente, Juan Cerezo, Alberto Marcos y Andrés Pascual.
            Con su características elegancia y aplomo Juan Cerezo comenzó esbozando un recorrido por la historia de la casa donde lleva más de veinte años, Tusquets, y mencionó algunos de los nombres que han florecido bajo su sombra: Luis Landero, Javier Cercas, Almudena Grandes, Antonio Orejudo, Rafael Reig o Fernando Aramburu, cuya Patria es el último gran éxito de la narrativa hispana.

            Tras este recorrido, Juan impartió todo un compendio de los principios de la crítica literaria, analizando  qué ingredientes de los elementos narrativos contribuyen a que una historia guste. En este “gustar” se sobreentiende el criterio de un editor veterano, quien valora en gran medida que un relato emocione, pero también es aplicable al de cualquier lector avezado.
            Así, desgranó los condimentos que aderezan el tono, la caracterización, el estilo, la estructura, el ritmo…, pero haciendo hincapié en la trama. En especial comentó las diferentes “plantillas” disponibles ante el autor (viaje, aventura, regreso, reconocimiento, expiación, ambición, venganza, superación, resolución de misterio, enamoramiento, lucha contra el mal, etcétera). Que tales arquetipos existan y se empleen no va en detrimento de la creatividad autoral. Las buenas historias, para Juan Cerezo, son resonancias de estas plantillas, condimentadas con la parte de originalidad personal e intransferible del autor.

Alberto Marcos envolvió a los asistentes con su calor y cercanía. Comenzó afirmando que la literatura es en primer lugar entretenimiento. Y siguió con otra afirmación no menos categórica: la mayoría de los autores no vive de escribir. Y menos en un país como el nuestro en el que un 40% de la población admite no leer nunca.
            Si Juan Cerezo analizó cómo un potencial editor juzgaría qué ingredientes funcionan bien en una historia, Alberto Marcos aportó varios detalles técnicos del funcionamiento de una editorial como la suya, Plaza & Janés, el sello superventas de Random House: tiradas, procesos de recepción, departamentos, publicidad, comercialización, etcétera. De la abundante información aportada, a este cronista le maravilla la afirmación de que todas las propuestas que llegan a Plaza & Janés (salvo las muy desenfocadas) se pasan a un lector para que elabore informe. Varios de los asistentes se emocionaron al recordar que hay personas cuya trabajo consiste en leer, y se interesaron por cómo obtener ese puesto. Pero tampoco se gana mucho, aclaró Alberto.

           Otros temas apasionantes fueron las ferias del libro, sobre todo la de Frankfurt; o la retroalimentación con lo literario que llevan a cabo plataformas como Netflix o HBO. Aunque su accesibilidad puede distraer al público de la literatura, al ofrecerles multitud de opciones de buenas narrativas audiovisuales, también se da el caso de que revaloricen obras literarias pasadas, como es el ejemplo de El cuento de una criada.
            Para concluir, Alberto obsequió al respetable con dos series de consejos. La primera sobre el oficio de escritor; la segunda, sobre cómo presentar una novela a un editor. Podría reproducirlos aquí si tuviera más espacio y menos pereza…

 
El jueves 12 de julio cerró el taller Andrés Pascual, un escritor que sabe de que habla cuando se trata de narrativas que funcionan. Su trayectoria imparable  desde su primera novela,  El guardián de la flor de loto, lo demuestra. También dio consejos sobre la forma de la narrativa (diversidad de elementos en equilibrio, mostrar en lugar de contar, menos es más, eliminar “hernias preciosas”, etcétera) , pero el núcleo de su intervención  se centró en la esencia, quiso hablar al corazón de los escritores (en potencia o en acto) que le estaban escuchando, para ayudarles a entender mejor qué es lo que hacemos cuando nos ponemos delante del folio en blanco/pantalla en negro, y por qué lo hacemos.
            Así, lanzó preguntas capciosas como “¿Qué elemento esencial (solo uno) de tu oficio de escritor consideras irrenunciable? O, aún más difícil: “¿Quién eres tú?” “¿Cómo te defines en cuanto a creador?” En todo momento apeló a la autenticidad, a descubrir qué es lo que nos hace únicos e irrepetibles, y, una vez identificado, volcar este factor diferencial en el arte de la escritura.
            Casi nada, ¿no?

domingo, 8 de julio de 2018

Manuel Pérez y Leticia Bustamante

Unas breves crónicas de sendas sesiones del VI Taller de Creación y Crítica Literarias: "Narrativas que funcionan". La primera es obra de Evelyn Pérez, pues el lunes 2 me tuve que ausentar. Y bien que lo lamenté...

En la calurosa tarde del lunes 2 de julio tuvimos el placer de contar en el Taller con la refrescante presencia de Manuel Pérez Saiz. Llegó tranquilamente desde Cantabria y fue presentado como docente e investigador de Gramática (es el creador del Método de los relojes. Gramática descriptiva del español). Y hubiera pasado por un tipo sesudo (que lo es) y formal (que también lo es) si la sesión hubiese durado cinco minutos. Pero también es un auténtico provocador (en la primera de las acepciones de la RAE), y a los diez minutos de empezar ya había revolucionado a la sala con su propuesta de creación Expres(s)arte funciona.

Asignó los distintos roles de una familia ligeramente desestructurada y de los ocho (sí, ocho, el cuento clásico estaba equivocado) enanitos de Blancanieves entre los asistentes para forzar su creatividad en el tiempo limitado de tres minutos. De esto salieron, si se me permite el oxímoron, grandes microrrelatos. No contento con todas esas provocaciones fue capaz de sentar a algunos de sus entregados alumnos en "la silla eléctrica",  ​otro​ método creativo tan poco ortodoxo como efectivo. Se trata, como dijo él, de abrir la mente, de provocar a lo cotidiano hasta hacerlo interesante y literario, digno de ser contado. De ejercitar el músculo de la improvisación.


Después de tan grata tarde me quedé con ganas de leer su novela experimental Escarcha en tus pestañas, claro que las ganas me van a durar poco, ya estoy buscándola.


Leticia Bustamante Valbuena, especialista en el microrrelato hispánico, ya había participado en el taller de 2014, y, si esa sesión fue muy buena, esta del jueves 7 de julio fue excelente. Con esa energía, claridad y simpatía que la definen impartió la sesión titulada "Narración aumentada en el microrrelato español: de la ilustración al cortometraje". Tras las necesarias definiciones introductorias pasó a hacer un recorrido muy completo por textos de autores contemporáneos y sus versiones "aumentadas". Este plus se consigue por medio de peculiaridades tipográficas, ilustraciones que pueden orientar o desorientar sobre esos misterios escondidos que guarda todo microrrelato que se precie, o las adaptaciones a medios diferentes del que vio el relato originalmente. En esta primera fase nos familiarizó con la obra de JJ Muñoz Rengel, Manu Espada, Beatriz Osés, Isabel González, Manuel Puche o Pep Bruno, entre otros.


A continuación pasó a mostrar cómo un micro puede "aumentarse" mediante un especial tratamiento sonoro, visual o audiovisual. Ilustró el primer caso aportando grabaciones pioneras de relatos como "La niña" de Juan Ramón Jiménez, o "Si no duermo...", de Max Aub. Sobre las posibilidades de aumento audiovisual debatió si se puede tratar de una mejora con posibilidades didácticas o de una instrumentalización de la literatura, y nos mostró diaporamas y cortometrajes que expanden microtextos de Manu Espada o de Raquel Lozano.

Dos horas que volaron (si se me permite el tópico) y con una planificación milimetrada. Y, por supuesto, que nos dejaron con ganas de más.

Y, por cierto. Al terminar, la botella de agua de la ponente permanecía casi llena.

domingo, 1 de julio de 2018

Narrativas que funcionan

Para que una persona se dedique a escribir (a nivel profesional o amateur) se requieren algunas condiciones innatas: un mínimo de inteligencia, capacidad de observación, imaginación, sensibilidad, habilidades lingüísticas, etcétera. Es decir, el escritor nace. Pero tales habilidades deben pulirse y perfeccionarse si se pretende dar frutos literarios memorables. Esa parte se hace. Sin duda una buena biblioteca es el primer requisito. Pero también resulta valioso integrarse en una comunidad de lectores y/o escritores que se enriquezcan mutuamente con sus hallazgos. Esto es lo que se ha hecho en las tradicionales tertulias literarias, y que ahora se extiende a los clubes de lectura, los talleres, o incluso las escuelas de escritura.
Foto: Irene Castellanos
          Tras un hiato de cuatro años, este martes 26 de junio comenzó la sexta edición del Taller de Creación y Crítica Literarias que organizo, esta vez en formato de curso de verano de la Universidad de La Rioja, subtitulado “Narrativas que funcionan”. El primer ponente fue un clásico, Rubén Abella, que combina su exquisito gusto lector y su experiencia como profesor de escritura creativa con su claridad expositiva, amenidad y vivacidad. Por si fuera poco, Rubén es uno de esos oradores que se entrega a su público, algo que no siempre está garantizado.
En la sesión del pasado martes nos condujo por relatos de Sam Shephard (aprendimos cómo tenía los dientes de niño), Lucia Berlin y Ernest Hemingway para ilustrar elementos clave de una narrativa que funciona, tales como la verosimilitud, la prefiguración, el ritmo y la prosodia, la dosificación informativa, el manejo de la elipsis y la oblicuidad, el extrañamiento, los puntos de giro de la trama, el movimiento interno… Como guinda, nos aportó un puñado de recomendaciones de novelas e historias con un comienzo brillante.
El jueves 28 tocó el turno a María Fernanda Ampuero, periodista ecuatoriana y cuentista revelación por su reciente libro Peleas de gallos (Páginas de Espuma, 2018). Antes nos habíamos leído su sobrecogedor relato “Subasta”, que (sin ánimo de hacer destripolier, como diría el doctor Prendes) trata de una execrable subasta de seres humanos en un anónimo país latinoamericano, narrado por una de las víctimas.
Sin duda el relato impactó profundamente a la mayoría de los oyentes, este narrador incluido, y provocó un animadísimo debate no exento de polémica y pasión. Si es siempre un privilegio poder debatir de su obra con una autora a tan corta distancia –personal y crítica–, María Fernanda es elocuente y apasionada, no deja indiferente. Ella reconoció que los lectores le hacían ver elementos en su relato que le sorprendían, como la lectura en clave de alegoría darwinista. Por supuesto, emergió el feminismo en el debate, y la inquietante cuestión de si la historia valdría igual si el protagonista fuera un hombre en lugar de una mujer. Otra cosa, ¿debe un buen padre proteger a su criatura cuando es pequeña, o prepararla desde entonces para la crudeza de la vida? ¿Opiniones?
En definitiva, María Fernanda Ampuero consiguió convencernos de una cosa: se puede usar lo violento, lo abyecto y lo escatológico para hacer arte literario. Y funciona.

domingo, 17 de junio de 2018

Feria de Libros y Vanidades


Tal como os adelanté, el pasado fin de semana estuve firmando ejemplares de Descubre por qué te mato en la Feria del Libro de Madrid. La franja horaria que escogí resultó ser de lo más concurrida. El último sábado a mediodía nos dimos cita entre la larga fila de casetas de El Retiro decenas de autores, algunos de nombre más discreto, otros tan populares como María Dueñas, Almudena Grandes, Luis García Montero, Vanessa Monfort, Elvira Lindo, Antonio Muñoz Molina, Rosa Montero, Lorenzo Silva, Manuel Rivas, Ignacio Martínez de Pisón o Javier Moro.
            Después de bastantes días de lluvia, ese sábado amaneció nublado pero seco, y la Feria se benefició de una afluencia de asistentes superior a las medias anteriores. Mis primeras impresiones fueron de regocijo al comprobar que el libro, el viejo libro en papel, sigue entusiasmando a decenas de miles de lectores. A la par experimenté esa especie de vértigo que me sobreviene cuando entro en una gran librería y contemplo las montañas ingentes de libros que se han escrito y se siguen escribiendo, y considero que yo también contribuyo, con mayor o menor éxito, a aumentar esta producción masiva. Tal vértigo suele dar paso a una reflexión existencial: ¿qué ridículo porcentaje de estos libros llegaré a leer en el transcurso de mi entera existencia? ¿Qué tesoros me estaré perdiendo mientras malgasto mi tiempo en otras cuestiones o lecturas?
Foto: María José Marrodán
            En fin, cuestiones insolubles, claro. Otra reflexión que me provoca llegar con mi boina provinciana a una capital en pie de libro es la duda inquietante de si no seremos demasiados los que nos llamamos escritores. Solo el sábado se convocaban centenares de autores dispuestos a acoger a su público en las casetas, algunos como pescadores que tienden con paciencia la caña, otros arriesgando calambres en las manos. Así que calculo que la Feria habrá reunido a varios miles. ¿Realmente merecemos todos la pena? O peor, ¿es siempre el éxito del mercado del libro un buen síntoma de salud cultural?
            Volviendo a mi franja horaria del sábado, los dos autores que al parecer concitaban las mayores aglomeraciones de admiradores eran Megan Maxwell –autora que escribe romances eróticos como churros– y el polemista Federico Jiménez Losantos. También andaban por ahí Boris Izaguirre, el presidente cántabro y showman Miguel Ángel Revilla o el poeta youtuber Defreds Defreds [sic], y, por cierto, también estaba en la lista Maxim Huerta, a dos días del estallido de la bomba informativa que le haría dimitir como ministro de Cultura.
            Quedémonos un poco en el escritor español más mencionado en esta última semana. No pretendo hacer leña del árbol caído, sino más bien retroceder a su paso de presentador en el programa de cotilleo de Ana Rosa (de 2005 a 2015) a novelista de éxito. La trayectoria de Maxim Huerta, aún antes del descalabro político, me parece un buen ejemplo de la tendencia comercial de la edición actual, que invierte en personas con perfil televisivo que se convierten de pronto en artistas de la palabra. Fernando Delgado, Jorge Javier Vázquez, Nuria Roca, Christian Gálvez, Máximo Pradera, Luján Argüelles, Mónica Carrillo, David Cantero, Carlos de Amor, Sandra Barneda, Jesús Cintora, o Mara Torres son algunos nombres que pertenecen a esta categoría. No hay razón para dudar de la autoría de su propia obra, por supuesto, pero la historia truculenta de plagio descubierto en 2000 a cargo de la antigua jefa de Maxim Huerta, Ana Rosa, podría ser la punta del iceberg de toda una red de corrupción literaria, que en este caso no provoca dimisiones.
(CONTINUARÁ…)

viernes, 8 de junio de 2018

La enfermedad del escritor

Reescribo unas ideas que a los lectores de mi blog ya les sonarán familiares, pero que he reordenado en forma de editorial para el número 42 de la revista Fábula.

LA ENFERMEDAD DEL ESCRITOR

Hace ya veinticinco años que Francisco Umbral (q.e.p.d.) protagonizó el bochornoso episodio en el programa de Antena 3 que ha pervivido en el inconsciente colectivo, incluso entre aquellos que no han leído nada del insigne escritor. La mítica frase “He venido a hablar de mi libro” ha quedado como expresión del peculiar solipsismo del que adolece el creador que acaba de dar a luz una nueva criatura literaria.
No sé si será una experiencia universal, pero no es infrecuente diagnosticar esta afección que sobreviene a quien, tras años de esfuerzo y desgaste de imaginación, de enésimas apuestas por la confianza y de poner a prueba una renovada ilusión a contracorriente, consigue sacar a la luz una obra de cierta extensión. Y si también pueden ser potenciales enfermos los elegidos cuyo grupo editorial acapara los escaparates de las librerías o las ventanas de Babelia o El ojo crítico, con más motivo cuando el paciente es cualquiera de nosotros, queridos lectores de Fábula: un reservado lector que escribe, o un inconspicuo escritor que lee.
          El símil de la parturienta me sigue pareciendo el más indicado para una alegoría de la creación literaria. Solo que no son nueve meses de desarrollo de una nueva criatura en nuestras entrañas: pueden llegar a ser varios años. Luego quizá han seguido otros tantos de búsqueda de editor, y el desgaste no acaba. El parto supone la culminación de un proceso agotador en el que has invertido una ingente cantidad de energía. Pero una vez que la criatura está en el mundo no ha acabado ni mucho menos la tarea. En realidad, no ha hecho más que empezar, salvo que abandones a tu neonato en la cuneta o en la esclusa de las cajas cerradas que se pudrirán en un almacén.
Así, como buena madre te olvidas de los dolores de parto porque has de seguir peleando para que tu criatura se desarrolle en el mundo exterior. Tú lo ves como la más natural actividad maternal, pero visto desde fuera puede parecer una cierta obsesión monotemática; incluso algún moralista (de pacotilla) lo puede ver como una hinchazón del ego, un arranque de feo orgullo (y eso que ahora el orgullo es digno de fastos), o quizá de malsana vanidad. Pero si acaso se tratara de esto último sería más bien de la vanidad inofensiva de la radiante madre que enseña a su bebé en el carrito ante la ambigua mirada de vecinos y amistades.
En cualquier caso, el ánimo del autor pasa por una fase de complicaciones postparto, una subida de glucosa que se manifiesta en deseos algo obsesivos de que el libro se conozca, que se hable y se escriba de él, que acuda gente a las presentaciones, que los medios no lo ignoren, que esté a la vista en los escaparates, o al menos en las estanterías, etcétera. Y dado que tus plataformas de promoción son muy limitadas, tienes que involucrar a amigos, familiares, compañeros, vecinos, contactos de las redes sociales y otros conocidos para que te acompañen en este trance, y, con mayor o menor diplomacia, pasas el mal trago de sugerir que esperas que se gasten unos euros en tu criatura (regalarlo equivale al suicidio).
He conocido a escritores –acaso más jóvenes o más profesionalizados– que disfrutan con la campaña de promoción que sigue al alumbramiento, con la gestión de entrevistas y organización de presentaciones. A mí, lo confieso, cada vez  se me hace más cuesta arriba. Para vender y venderse hay que valer, y el ser capaz de juntar letras con mayor o menor acierto no garantiza estas otras habilidades sociales.
Otro síntoma de esta afección anímica es que en ocasiones pueden pesar más los sinsabores que las alegrías recibidas, aunque estas tengan más entidad. El humor post-parto a veces engrandece los minúsculos sinsabores, como toparse por enésima vez con el muro de opacidad informativa en el ámbito local (dependiendo de la salud de tus contactos), o comprobar que ningún periódico nacional en su sección de cultura o suplemento de libros se digna dedicarle una línea a tu libro, o agraviarse comparativamente al aplicar una sencilla regla de tres: si tu novela no es diez veces peor que la de X o la de Y (quizá ni siquiera una vez), ¿por qué la de X o la de Y tiene dos trillones de veces más de visibilidad?
No conviene, pues, despreciar los síntomas de esta afección anímica. Y además del tratamiento farmacológico (sea cual sea el equivalente del símil), requiere para su curación del cariño y atención de los allegados. Cada vez veo más claro que, cuando un autor pide que le acompañen en el bautizo de su criatura (léase presentación en el ateneo local o librería vecina), no lo hace tanto para vender (¿quién se lucra con el mísero 10% del PVP, si es que llega?); lo que necesita es el calor de su gente para superar el trance. Y, por supuesto, sospechará del amigo que se ausente sin al menos aportar una buena excusa.
Antes he hablado de que los sinsabores pueden pesar más que las alegrías. Quizá una remedio para impulsar la recuperación sea dar la vuelta a este planteamiento cenizo. Aprender a valorar el calor de personas, algunas apenas conocidas, que han recorrido kilómetros en una tarde de lluvia y frío para hacerte compañía; o la reacción entusiasta de quienes han leído la novela y te comunican con sincero convencimiento que les ha encantado. Sin duda hay mucha verdad en el editorial de Fábula 41, firmado por Eugenio Sáenz de Santamaría: “Yo escribía para que me quisieran”. Para mí, la acogida de los lectores es lo mejor, sin duda, que me ha sucedido como escritor. Algo que me animará a volver a arrostrar una nueva enfermedad cuando me arriesgue a escribir un futuro libro.