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domingo, 29 de julio de 2018

Pero están vivos

Me van a permitir que haga un "destripoiler" de una de las últimas películas que he visto en el cine, Jurassic World: El reino caído (sí, lo confieso). Si alguno de mis lectores piensa ir a verla pronto, quizá debería parar de leer ahora. 



Pues bien, en un momento dado los protagonistas se enfrentan a un serio dilema moral: la regeneración de dinosaurios se ha ido de las manos, el futuro puede estar amenazado por la colosal intromisión en la evolución que supone que los humanos hayamos resucitado a los enormes lagartos, y llega un punto en el que los científicos (buenos) pueden anular toda esta amenaza apretando un botón que los extermine a todos, tanto carnívoros depredadores como amables herbívoros de cuello enorme. Incluso el personaje que más simpatizaba con los dinosaurios está dispuesto al sacrificio.

Pero aquí  irrumpe la niña de la película (siempre hay una), y en un gesto de firme resolución aprieta el botón que acaba salvando a los enormes bichos. "Pero están vivos", exclama, como única pero poderosa justificación de su acción.

En un pasado pensé en dedicarme a escribir columnas que sacaran alguna lección de películas populares. Hasta ahora no me ha dado la vida, pero en este caso la analogía que me vino a la mente fue bastante directa. Los que me leen con frecuencia seguro que ya lo intuyen, ¿a que sí?

Por cierto, ayer mismo leí en El Mundo una columna de Cayetana A. de Toledo que mencionaba el tema a propósito del nuevo giro de la política pepera. Selecciono un extracto:

"El aborto, en cambio, es y seguirá siendo fuente de divisiones profundas. No sólo en el centroderecha. Y no sólo por razones de fe. Abjuren del apostólico y populista Francisco y lean al ateo y ético Savater. La moral no es patrimonio de los católicos. Si aceptamos que todas las vidas valen lo mismo y no sabemos a ciencia cierta -literalmente- cuándo empieza la vida, entonces la decisión sobre su interrupción requiere, como mínimo, una cierta modestia. Es decir, asumir la complejidad, que es biológica, filosófica y también psicológica. Tan arduos y para adultos son los debates morales que las convicciones de una misma persona varían a lo largo del tiempo. Y no siempre en la dirección que fija el canon mediático. La clave no son tanto las creencias como las experiencias. Están las beatas que claman enfáticamente contra el aborto hasta que sus hijas de 18 años llegan a casa con la noticia. Pero también están las libertinas a las que el triple screening salió mal y que, entre la amniocentesis y su resultado, sufren como un perro, incapaces de olvidar el latido y la ecografía. El aborto es uno de esos dilemas que la tecnología no resuelve, sino que agrava."

En cualquier caso, ese es el problema; que están vivos.

domingo, 22 de julio de 2018

Dos extras del VI Taller

Para concluir mis minicrónicas del VI Taller de Creación y Crítica Literarias, "Narrativas que funcionan", querría hacer mención de dos extras que tuvimos el 5 y el 12 de julio, por gentileza de dos de los colaboradores/patrocinadores del taller: la editorial La Cabaña del Loco y la bodega Solar de Samaniego respectivamente.
Javier Jiménez al fondo, y un cogote privilegiado al frente.

Al final de la sesión del jueves 5 de julio acudieron Javier Jiménez López y Saray García, los responsables de la nueva editorial riojana La Cabaña del Loco, para hablarnos de sus planteamientos, objetivos, ilusiones... El nombre hace referencia a ese quijotismo que se asocia a todo editor pequeño que no busca la pasta por la pasta, sino que tiene por objetivo dar visibilidad a autores cuya obra lo merezca. Tampoco nos sorprendió, dentro de este planteamiento, constatar la voluntad de calidad de sus libros publicados hasta la fecha.

Unos días después nos visitarían sendos editores de los dos grupos hegemónicos en el panorama hispano, y hablaríamos de superventas. Pero este jueves 5 acaso a los asistentes al taller, muchos aún despegando como escritores, les quedaría más cerca una editorial vecina que está naciendo y que quiere encontrar valores que descubrir.

A mí, al menos, esta frecuencia de onda me resulta reconocible.

César León, un "coleccionista de principios"

Una semana después, el jueves 12, clausuró el taller César León, director creativo de las Bodegas Solar de Samaniego, tras la intervención de Andrés Pascual. Previa explicación del ambicioso proyecto para hermanar literatura y vino, Beber entre líneas, pasamos a catar unos excelentes tintos de la colección del mismo nombre, al tiempo que César nos leía los textos en los que un puñado de escritores y académicos de la RAE --Félix de Azúa, Álvaro Pombo o Soledad Puértolas-- habían expresado su personal apreciación de los caldos con sus personales estilos.
La próxima novela de Andrés va de riojas


Sin duda, las asistentes agradecieron este generoso colofón de un taller que, me atrevo a afirmar, ha estado a la altura de las expectativas, si no más arriba. Y, además de las siete fascinantes sesiones, hemos podido obsequiar a los participantes con tres números anteriores de la revista Fábula (donde publicaban Rubén Abella, Leticia Bustamante y Andrés Pascual), además de ofrecer esta estupenda cata de vinos. ¿Hay quien dé más por los 35 euros de la matrícula?
Fotos UR

domingo, 15 de julio de 2018

Juan Cerezo, Alberto Marcos y Andrés Pascual

La última semana del VI Taller de Creación y Crítica Literarias nos elevó por las alturas de las narrativas que funcionan en el mercado. Dos editores de sendos grupos editoriales punteros, Planeta y Random House Mondadori, y un escritor superventas. Respectivamente, Juan Cerezo, Alberto Marcos y Andrés Pascual.
            Con su características elegancia y aplomo Juan Cerezo comenzó esbozando un recorrido por la historia de la casa donde lleva más de veinte años, Tusquets, y mencionó algunos de los nombres que han florecido bajo su sombra: Luis Landero, Javier Cercas, Almudena Grandes, Antonio Orejudo, Rafael Reig o Fernando Aramburu, cuya Patria es el último gran éxito de la narrativa hispana.

            Tras este recorrido, Juan impartió todo un compendio de los principios de la crítica literaria, analizando  qué ingredientes de los elementos narrativos contribuyen a que una historia guste. En este “gustar” se sobreentiende el criterio de un editor veterano, quien valora en gran medida que un relato emocione, pero también es aplicable al de cualquier lector avezado.
            Así, desgranó los condimentos que aderezan el tono, la caracterización, el estilo, la estructura, el ritmo…, pero haciendo hincapié en la trama. En especial comentó las diferentes “plantillas” disponibles ante el autor (viaje, aventura, regreso, reconocimiento, expiación, ambición, venganza, superación, resolución de misterio, enamoramiento, lucha contra el mal, etcétera). Que tales arquetipos existan y se empleen no va en detrimento de la creatividad autoral. Las buenas historias, para Juan Cerezo, son resonancias de estas plantillas, condimentadas con la parte de originalidad personal e intransferible del autor.

Alberto Marcos envolvió a los asistentes con su calor y cercanía. Comenzó afirmando que la literatura es en primer lugar entretenimiento. Y siguió con otra afirmación no menos categórica: la mayoría de los autores no vive de escribir. Y menos en un país como el nuestro en el que un 40% de la población admite no leer nunca.
            Si Juan Cerezo analizó cómo un potencial editor juzgaría qué ingredientes funcionan bien en una historia, Alberto Marcos aportó varios detalles técnicos del funcionamiento de una editorial como la suya, Plaza & Janés, el sello superventas de Random House: tiradas, procesos de recepción, departamentos, publicidad, comercialización, etcétera. De la abundante información aportada, a este cronista le maravilla la afirmación de que todas las propuestas que llegan a Plaza & Janés (salvo las muy desenfocadas) se pasan a un lector para que elabore informe. Varios de los asistentes se emocionaron al recordar que hay personas cuya trabajo consiste en leer, y se interesaron por cómo obtener ese puesto. Pero tampoco se gana mucho, aclaró Alberto.

           Otros temas apasionantes fueron las ferias del libro, sobre todo la de Frankfurt; o la retroalimentación con lo literario que llevan a cabo plataformas como Netflix o HBO. Aunque su accesibilidad puede distraer al público de la literatura, al ofrecerles multitud de opciones de buenas narrativas audiovisuales, también se da el caso de que revaloricen obras literarias pasadas, como es el ejemplo de El cuento de una criada.
            Para concluir, Alberto obsequió al respetable con dos series de consejos. La primera sobre el oficio de escritor; la segunda, sobre cómo presentar una novela a un editor. Podría reproducirlos aquí si tuviera más espacio y menos pereza…

 
El jueves 12 de julio cerró el taller Andrés Pascual, un escritor que sabe de que habla cuando se trata de narrativas que funcionan. Su trayectoria imparable  desde su primera novela,  El guardián de la flor de loto, lo demuestra. También dio consejos sobre la forma de la narrativa (diversidad de elementos en equilibrio, mostrar en lugar de contar, menos es más, eliminar “hernias preciosas”, etcétera) , pero el núcleo de su intervención  se centró en la esencia, quiso hablar al corazón de los escritores (en potencia o en acto) que le estaban escuchando, para ayudarles a entender mejor qué es lo que hacemos cuando nos ponemos delante del folio en blanco/pantalla en negro, y por qué lo hacemos.
            Así, lanzó preguntas capciosas como “¿Qué elemento esencial (solo uno) de tu oficio de escritor consideras irrenunciable? O, aún más difícil: “¿Quién eres tú?” “¿Cómo te defines en cuanto a creador?” En todo momento apeló a la autenticidad, a descubrir qué es lo que nos hace únicos e irrepetibles, y, una vez identificado, volcar este factor diferencial en el arte de la escritura.
            Casi nada, ¿no?

domingo, 8 de julio de 2018

Manuel Pérez y Leticia Bustamante

Unas breves crónicas de sendas sesiones del VI Taller de Creación y Crítica Literarias: "Narrativas que funcionan". La primera es obra de Evelyn Pérez, pues el lunes 2 me tuve que ausentar. Y bien que lo lamenté...

En la calurosa tarde del lunes 2 de julio tuvimos el placer de contar en el Taller con la refrescante presencia de Manuel Pérez Saiz. Llegó tranquilamente desde Cantabria y fue presentado como docente e investigador de Gramática (es el creador del Método de los relojes. Gramática descriptiva del español). Y hubiera pasado por un tipo sesudo (que lo es) y formal (que también lo es) si la sesión hubiese durado cinco minutos. Pero también es un auténtico provocador (en la primera de las acepciones de la RAE), y a los diez minutos de empezar ya había revolucionado a la sala con su propuesta de creación Expres(s)arte funciona.

Asignó los distintos roles de una familia ligeramente desestructurada y de los ocho (sí, ocho, el cuento clásico estaba equivocado) enanitos de Blancanieves entre los asistentes para forzar su creatividad en el tiempo limitado de tres minutos. De esto salieron, si se me permite el oxímoron, grandes microrrelatos. No contento con todas esas provocaciones fue capaz de sentar a algunos de sus entregados alumnos en "la silla eléctrica",  ​otro​ método creativo tan poco ortodoxo como efectivo. Se trata, como dijo él, de abrir la mente, de provocar a lo cotidiano hasta hacerlo interesante y literario, digno de ser contado. De ejercitar el músculo de la improvisación.


Después de tan grata tarde me quedé con ganas de leer su novela experimental Escarcha en tus pestañas, claro que las ganas me van a durar poco, ya estoy buscándola.


Leticia Bustamante Valbuena, especialista en el microrrelato hispánico, ya había participado en el taller de 2014, y, si esa sesión fue muy buena, esta del jueves 7 de julio fue excelente. Con esa energía, claridad y simpatía que la definen impartió la sesión titulada "Narración aumentada en el microrrelato español: de la ilustración al cortometraje". Tras las necesarias definiciones introductorias pasó a hacer un recorrido muy completo por textos de autores contemporáneos y sus versiones "aumentadas". Este plus se consigue por medio de peculiaridades tipográficas, ilustraciones que pueden orientar o desorientar sobre esos misterios escondidos que guarda todo microrrelato que se precie, o las adaptaciones a medios diferentes del que vio el relato originalmente. En esta primera fase nos familiarizó con la obra de JJ Muñoz Rengel, Manu Espada, Beatriz Osés, Isabel González, Manuel Puche o Pep Bruno, entre otros.


A continuación pasó a mostrar cómo un micro puede "aumentarse" mediante un especial tratamiento sonoro, visual o audiovisual. Ilustró el primer caso aportando grabaciones pioneras de relatos como "La niña" de Juan Ramón Jiménez, o "Si no duermo...", de Max Aub. Sobre las posibilidades de aumento audiovisual debatió si se puede tratar de una mejora con posibilidades didácticas o de una instrumentalización de la literatura, y nos mostró diaporamas y cortometrajes que expanden microtextos de Manu Espada o de Raquel Lozano.

Dos horas que volaron (si se me permite el tópico) y con una planificación milimetrada. Y, por supuesto, que nos dejaron con ganas de más.

Y, por cierto. Al terminar, la botella de agua de la ponente permanecía casi llena.

domingo, 1 de julio de 2018

Narrativas que funcionan

Para que una persona se dedique a escribir (a nivel profesional o amateur) se requieren algunas condiciones innatas: un mínimo de inteligencia, capacidad de observación, imaginación, sensibilidad, habilidades lingüísticas, etcétera. Es decir, el escritor nace. Pero tales habilidades deben pulirse y perfeccionarse si se pretende dar frutos literarios memorables. Esa parte se hace. Sin duda una buena biblioteca es el primer requisito. Pero también resulta valioso integrarse en una comunidad de lectores y/o escritores que se enriquezcan mutuamente con sus hallazgos. Esto es lo que se ha hecho en las tradicionales tertulias literarias, y que ahora se extiende a los clubes de lectura, los talleres, o incluso las escuelas de escritura.
Foto: Irene Castellanos
          Tras un hiato de cuatro años, este martes 26 de junio comenzó la sexta edición del Taller de Creación y Crítica Literarias que organizo, esta vez en formato de curso de verano de la Universidad de La Rioja, subtitulado “Narrativas que funcionan”. El primer ponente fue un clásico, Rubén Abella, que combina su exquisito gusto lector y su experiencia como profesor de escritura creativa con su claridad expositiva, amenidad y vivacidad. Por si fuera poco, Rubén es uno de esos oradores que se entrega a su público, algo que no siempre está garantizado.
En la sesión del pasado martes nos condujo por relatos de Sam Shephard (aprendimos cómo tenía los dientes de niño), Lucia Berlin y Ernest Hemingway para ilustrar elementos clave de una narrativa que funciona, tales como la verosimilitud, la prefiguración, el ritmo y la prosodia, la dosificación informativa, el manejo de la elipsis y la oblicuidad, el extrañamiento, los puntos de giro de la trama, el movimiento interno… Como guinda, nos aportó un puñado de recomendaciones de novelas e historias con un comienzo brillante.
El jueves 28 tocó el turno a María Fernanda Ampuero, periodista ecuatoriana y cuentista revelación por su reciente libro Peleas de gallos (Páginas de Espuma, 2018). Antes nos habíamos leído su sobrecogedor relato “Subasta”, que (sin ánimo de hacer destripolier, como diría el doctor Prendes) trata de una execrable subasta de seres humanos en un anónimo país latinoamericano, narrado por una de las víctimas.
Sin duda el relato impactó profundamente a la mayoría de los oyentes, este narrador incluido, y provocó un animadísimo debate no exento de polémica y pasión. Si es siempre un privilegio poder debatir de su obra con una autora a tan corta distancia –personal y crítica–, María Fernanda es elocuente y apasionada, no deja indiferente. Ella reconoció que los lectores le hacían ver elementos en su relato que le sorprendían, como la lectura en clave de alegoría darwinista. Por supuesto, emergió el feminismo en el debate, y la inquietante cuestión de si la historia valdría igual si el protagonista fuera un hombre en lugar de una mujer. Otra cosa, ¿debe un buen padre proteger a su criatura cuando es pequeña, o prepararla desde entonces para la crudeza de la vida? ¿Opiniones?
En definitiva, María Fernanda Ampuero consiguió convencernos de una cosa: se puede usar lo violento, lo abyecto y lo escatológico para hacer arte literario. Y funciona.

domingo, 17 de junio de 2018

Feria de Libros y Vanidades


Tal como os adelanté, el pasado fin de semana estuve firmando ejemplares de Descubre por qué te mato en la Feria del Libro de Madrid. La franja horaria que escogí resultó ser de lo más concurrida. El último sábado a mediodía nos dimos cita entre la larga fila de casetas de El Retiro decenas de autores, algunos de nombre más discreto, otros tan populares como María Dueñas, Almudena Grandes, Luis García Montero, Vanessa Monfort, Elvira Lindo, Antonio Muñoz Molina, Rosa Montero, Lorenzo Silva, Manuel Rivas, Ignacio Martínez de Pisón o Javier Moro.
            Después de bastantes días de lluvia, ese sábado amaneció nublado pero seco, y la Feria se benefició de una afluencia de asistentes superior a las medias anteriores. Mis primeras impresiones fueron de regocijo al comprobar que el libro, el viejo libro en papel, sigue entusiasmando a decenas de miles de lectores. A la par experimenté esa especie de vértigo que me sobreviene cuando entro en una gran librería y contemplo las montañas ingentes de libros que se han escrito y se siguen escribiendo, y considero que yo también contribuyo, con mayor o menor éxito, a aumentar esta producción masiva. Tal vértigo suele dar paso a una reflexión existencial: ¿qué ridículo porcentaje de estos libros llegaré a leer en el transcurso de mi entera existencia? ¿Qué tesoros me estaré perdiendo mientras malgasto mi tiempo en otras cuestiones o lecturas?
Foto: María José Marrodán
            En fin, cuestiones insolubles, claro. Otra reflexión que me provoca llegar con mi boina provinciana a una capital en pie de libro es la duda inquietante de si no seremos demasiados los que nos llamamos escritores. Solo el sábado se convocaban centenares de autores dispuestos a acoger a su público en las casetas, algunos como pescadores que tienden con paciencia la caña, otros arriesgando calambres en las manos. Así que calculo que la Feria habrá reunido a varios miles. ¿Realmente merecemos todos la pena? O peor, ¿es siempre el éxito del mercado del libro un buen síntoma de salud cultural?
            Volviendo a mi franja horaria del sábado, los dos autores que al parecer concitaban las mayores aglomeraciones de admiradores eran Megan Maxwell –autora que escribe romances eróticos como churros– y el polemista Federico Jiménez Losantos. También andaban por ahí Boris Izaguirre, el presidente cántabro y showman Miguel Ángel Revilla o el poeta youtuber Defreds Defreds [sic], y, por cierto, también estaba en la lista Maxim Huerta, a dos días del estallido de la bomba informativa que le haría dimitir como ministro de Cultura.
            Quedémonos un poco en el escritor español más mencionado en esta última semana. No pretendo hacer leña del árbol caído, sino más bien retroceder a su paso de presentador en el programa de cotilleo de Ana Rosa (de 2005 a 2015) a novelista de éxito. La trayectoria de Maxim Huerta, aún antes del descalabro político, me parece un buen ejemplo de la tendencia comercial de la edición actual, que invierte en personas con perfil televisivo que se convierten de pronto en artistas de la palabra. Fernando Delgado, Jorge Javier Vázquez, Nuria Roca, Christian Gálvez, Máximo Pradera, Luján Argüelles, Mónica Carrillo, David Cantero, Carlos de Amor, Sandra Barneda, Jesús Cintora, o Mara Torres son algunos nombres que pertenecen a esta categoría. No hay razón para dudar de la autoría de su propia obra, por supuesto, pero la historia truculenta de plagio descubierto en 2000 a cargo de la antigua jefa de Maxim Huerta, Ana Rosa, podría ser la punta del iceberg de toda una red de corrupción literaria, que en este caso no provoca dimisiones.
(CONTINUARÁ…)

viernes, 8 de junio de 2018

La enfermedad del escritor

Reescribo unas ideas que a los lectores de mi blog ya les sonarán familiares, pero que he reordenado en forma de editorial para el número 42 de la revista Fábula.

LA ENFERMEDAD DEL ESCRITOR

Hace ya veinticinco años que Francisco Umbral (q.e.p.d.) protagonizó el bochornoso episodio en el programa de Antena 3 que ha pervivido en el inconsciente colectivo, incluso entre aquellos que no han leído nada del insigne escritor. La mítica frase “He venido a hablar de mi libro” ha quedado como expresión del peculiar solipsismo del que adolece el creador que acaba de dar a luz una nueva criatura literaria.
No sé si será una experiencia universal, pero no es infrecuente diagnosticar esta afección que sobreviene a quien, tras años de esfuerzo y desgaste de imaginación, de enésimas apuestas por la confianza y de poner a prueba una renovada ilusión a contracorriente, consigue sacar a la luz una obra de cierta extensión. Y si también pueden ser potenciales enfermos los elegidos cuyo grupo editorial acapara los escaparates de las librerías o las ventanas de Babelia o El ojo crítico, con más motivo cuando el paciente es cualquiera de nosotros, queridos lectores de Fábula: un reservado lector que escribe, o un inconspicuo escritor que lee.
          El símil de la parturienta me sigue pareciendo el más indicado para una alegoría de la creación literaria. Solo que no son nueve meses de desarrollo de una nueva criatura en nuestras entrañas: pueden llegar a ser varios años. Luego quizá han seguido otros tantos de búsqueda de editor, y el desgaste no acaba. El parto supone la culminación de un proceso agotador en el que has invertido una ingente cantidad de energía. Pero una vez que la criatura está en el mundo no ha acabado ni mucho menos la tarea. En realidad, no ha hecho más que empezar, salvo que abandones a tu neonato en la cuneta o en la esclusa de las cajas cerradas que se pudrirán en un almacén.
Así, como buena madre te olvidas de los dolores de parto porque has de seguir peleando para que tu criatura se desarrolle en el mundo exterior. Tú lo ves como la más natural actividad maternal, pero visto desde fuera puede parecer una cierta obsesión monotemática; incluso algún moralista (de pacotilla) lo puede ver como una hinchazón del ego, un arranque de feo orgullo (y eso que ahora el orgullo es digno de fastos), o quizá de malsana vanidad. Pero si acaso se tratara de esto último sería más bien de la vanidad inofensiva de la radiante madre que enseña a su bebé en el carrito ante la ambigua mirada de vecinos y amistades.
En cualquier caso, el ánimo del autor pasa por una fase de complicaciones postparto, una subida de glucosa que se manifiesta en deseos algo obsesivos de que el libro se conozca, que se hable y se escriba de él, que acuda gente a las presentaciones, que los medios no lo ignoren, que esté a la vista en los escaparates, o al menos en las estanterías, etcétera. Y dado que tus plataformas de promoción son muy limitadas, tienes que involucrar a amigos, familiares, compañeros, vecinos, contactos de las redes sociales y otros conocidos para que te acompañen en este trance, y, con mayor o menor diplomacia, pasas el mal trago de sugerir que esperas que se gasten unos euros en tu criatura (regalarlo equivale al suicidio).
He conocido a escritores –acaso más jóvenes o más profesionalizados– que disfrutan con la campaña de promoción que sigue al alumbramiento, con la gestión de entrevistas y organización de presentaciones. A mí, lo confieso, cada vez  se me hace más cuesta arriba. Para vender y venderse hay que valer, y el ser capaz de juntar letras con mayor o menor acierto no garantiza estas otras habilidades sociales.
Otro síntoma de esta afección anímica es que en ocasiones pueden pesar más los sinsabores que las alegrías recibidas, aunque estas tengan más entidad. El humor post-parto a veces engrandece los minúsculos sinsabores, como toparse por enésima vez con el muro de opacidad informativa en el ámbito local (dependiendo de la salud de tus contactos), o comprobar que ningún periódico nacional en su sección de cultura o suplemento de libros se digna dedicarle una línea a tu libro, o agraviarse comparativamente al aplicar una sencilla regla de tres: si tu novela no es diez veces peor que la de X o la de Y (quizá ni siquiera una vez), ¿por qué la de X o la de Y tiene dos trillones de veces más de visibilidad?
No conviene, pues, despreciar los síntomas de esta afección anímica. Y además del tratamiento farmacológico (sea cual sea el equivalente del símil), requiere para su curación del cariño y atención de los allegados. Cada vez veo más claro que, cuando un autor pide que le acompañen en el bautizo de su criatura (léase presentación en el ateneo local o librería vecina), no lo hace tanto para vender (¿quién se lucra con el mísero 10% del PVP, si es que llega?); lo que necesita es el calor de su gente para superar el trance. Y, por supuesto, sospechará del amigo que se ausente sin al menos aportar una buena excusa.
Antes he hablado de que los sinsabores pueden pesar más que las alegrías. Quizá una remedio para impulsar la recuperación sea dar la vuelta a este planteamiento cenizo. Aprender a valorar el calor de personas, algunas apenas conocidas, que han recorrido kilómetros en una tarde de lluvia y frío para hacerte compañía; o la reacción entusiasta de quienes han leído la novela y te comunican con sincero convencimiento que les ha encantado. Sin duda hay mucha verdad en el editorial de Fábula 41, firmado por Eugenio Sáenz de Santamaría: “Yo escribía para que me quisieran”. Para mí, la acogida de los lectores es lo mejor, sin duda, que me ha sucedido como escritor. Algo que me animará a volver a arrostrar una nueva enfermedad cuando me arriesgue a escribir un futuro libro.