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domingo, 26 de noviembre de 2017

Crónica de mi semana



Esta ha sido una semana con mucha actividad. El lunes 20 tomé el tren nocturno con rumbo a Coimbra, en cuya universidad asistí a un congreso sobre personajes literarios. El miércoles impartí una ponencia sobre un modelo para analizar la tipología del personaje "cercano al lector" que se desdobla en ocho categorías, modelo que denomino “Percentual roundness” (algún día hablaré de él, si me aguantáis).
            Poco después de impartir mi ponencia bajé corriendo la colina sobre la que se alza la Universidade de Coimbra y tomé el tren hacia Lisboa con mi medio minuto acostumbrado de antelación. Desde Lisboa me dirigí a Sintra para seguir los pasos de Graham Greene, que casi siempre que veraneó en España se desvió hacia esta bellísima localidad para visitar a su amiga Maria Newall. Como muchos sabéis, llevo casi cinco años preparando el libro sobre los viajes de Greene por España, y espero ir terminándolo este año.
            Esa misma noche volví a tomar el tren nocturno hacia Logroño, y llegué el jueves de mañana, a tiempo para dar mis clases de ese día. El jueves por la tarde asistí a la mesa redonda celebrada en la librería Escala en la que se congregaron cinco periodistas y escritores para contarnos cómo se puede compaginar ambas vocaciones tan absorbentes. Eran Pío García Tricio (moderador), Marcelino Izquierdo, David Torres, Berna González Harbour y Carlos Zenón. Fue una delicia de sesión, y daba gusto oír hablar a los cinco de sus propias experiencias en estas lides.

            A continuación nos dirigimos a la entrega del XI Premio Logroño de Narrativa (antes de Novela), en el Espacio Lagares, que recayó en Milagros Frías con “El corazón de la lluvia”. Pude saludar a mi querido Fernando Marías, quien ejerció de presidente del jurado, que se acordaba vivamente de su paso por Logroño con ocasión de la presentación del número 33 de Fábula (otoño de 2013), cuando nos relató una experiencia ultrasensorial que dejó a los oyentes boquiabiertos.
La entrega resultó un acto sencillo, nada que ver con el banquete en gran bodega que acompañaba al premio en sus inicios, allá por 2007 y 2008, acaso para no ser menos que el postinero Planeta. Sin duda, la menor pretenciosidad del premio y el aprovechamiento del personal en actividades de divulgación literaria que ahora lo acompañan hacen que la inversión de dinero público esté mejor distribuida.
            Dentro de estas actividades estuvo la mesa redonda del sábado, celebrada en Espacio Santos Ochoa, con tres editores riojanos que abordaron diversos aspectos de su actividad. De las ocho editoriales independientes que fueron invitadas a participar acudieron representantes de Fulgencio Pimentel, Siníndice y Cuatro de agosto. Tuve el placer de moderar la mesa y de conducir el debate por los temas más acuciantes de la profesión editora. Me resultó grato comprobar que ninguno de mis interlocutores incurre en los excesos que criticaba en un reciente tríptico sobre la edición. Al contrario, fui aun más consciente del mérito que tiene ser editor en una época en que se edita  tanto pero se lee tan poco, y en la que es tan frecuente confundir popularidad con valor.

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