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domingo, 18 de junio de 2017

Cillero y el éxito del escritor

El viernes 16 de junio desde ARLEA organizamos, junto a la UR, IER y Ediciones 4 de agosto, un homenaje póstumo a Antonio Cillero Ulecia, en el centenario de su nacimiento. Cillero (1917-2007)fue un escritor prolífico, en su tiempo aclamado como el "decano de las letras riojanas". En 2005 participó en el número especial de Fábula antología de narrativa en La Rioja. Con ocasión de su fallecimiento escribí lo que sigue como editorial del número 22 de la revista, y el pasado viernes lo volví a leer ante el público congregado para el homenaje.




EL ÉXITO DEL ESCRITOR

En enero de 2007 nos dejó Antonio Cillero Ulecia a la edad de ochenta y nueve años. Considerado por muchos el decano de las letras riojanas, Cillero Ulecia tuvo la amabilidad de colaborar con nuestra revista en el número especial 17-19 (2005), dedicado a la narrativa en La Rioja. Autor de una extensísima obra poética, narrativa y dramática, quedó finalista de premios prestigiosos como el Alfaguara (1972), Nadal (1975) o Lope de Vega (1969). Con todo, un estribillo constante en el puñado de entrevistas o artículos periodísticos dedicados a su persona y obra es la abrumadora conciencia de no haber sido nunca reconocido como se merecía. “He quedado finalista del Nadal y no me conoce ni Dios”, declaró a la prensa en una ocasión. La expresión de tal conciencia de fracaso puede inicialmente provocarnos cierta lástima ante lo que podría considerarse una injusticia patente: una larga carrera cuajada de méritos que culmina en el olvido.

Pero sólo inicialmente. Después de reflexionar sobre esta supuesta desventura quizá sea posible dar la vuelta al argumento, aplicable al común de los (muchos) escritores que no han sido ni serán favorecidos por la sonrisa del corte inglés.

Si entendemos la vocación de escritor como sinónimo de artista del lenguaje, ¿qué supone alcanzar el éxito? ¿Hacerse rico con las ventas? Desde el siglo XVIII, en que el mecenazgo pasó a sustituirse por el marketing, el éxito editorial depende de muchos factores que tienen más que ver con la estrategia comercial que con el arte. Y en nuestro siglo XXI tal deriva se ha exacerbado en grado sumo. A menudo se oye que si hoy Cervantes mandara el centerariado Quijote a un agente literario o editorial, no tendría la menor probabilidad de publicarse. Conozco a más de un escritor cuya obra ha sido rechazada por ser, literalmente,  “demasiado cervantina”. Seguro que al presunto escritor/inversor le compensaría más montar una inmobiliaria.

Entonces, si no es el dinero, ¿será la fama lo que busca el escritor? ¿Ser conocido? Esto hoy en día es sinónimo de ser elemento de aparición habitual y recurrente en los medios. Pero…¿me interesará mucho lo que pueda aportar un escribiente aquejado de afán de notoriedad? Hay auténticos profesionales de la aparición mediática, como los políticos, para quienes las fotos diarias son parte no pequeña de sus obligaciones laborales. Algunos escritores encumbrados dedican un porcentaje de su jornada a mostrarse en cuantos foros sea posible, opinando sobre lo divino y lo humano como si fueran el especialista que no son. También en las órbitas locales hay maestros del posado periodístico y del nombre propio, conscientes de que su única fama accesible es la de profeta en su tierra. De todos modos, para lograr la fama tampoco hace falta someterse al doloroso proceso de escribir un libro. Lo puede atestiguar cualquier habitual de la prensa o televisión basuras.

Por el contrario, el éxito del escritor, del artista de la palabra, está en escribir. En perfeccionar su arte, en acercarse a ese ideal utópico de dar con la palabra justa, en recrear ese momento efímero, ese sentimiento o esa historia rebelde que nos reclama ser liberada de la cárcel de la imaginación. Escribir, y confiar  en que tu obra llegue algún día, como buena semilla, a germinar en un terreno más fértil.

Decenas de miles de escritores que nunca saldréis reseñados en Babelia: buscad el éxito. Es decir, escribid. Terminad vuestra obra. Y que sean otros los que os descubran.


Y a ti, Antonio, te recordamos, te reconocemos. El tiempo dirá qué lugar ocupas en el parnaso, pero tu obra está acabada. Enhorabuena. Y ya hasta Dios te conoce. O mejor, ahora hasta conoces a Dios. Descansa en paz.

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