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lunes, 1 de mayo de 2017

¿ES USTED CORRUPTO?

¿ES USTED CORRUPTO?

Hace unos días participé en una tertulia televisiva donde se volvió a tratar el tema de la corrupción, tan actual en nuestro país. Mis contertulios estaban especialmente fogosos y me interrumpieron con más frecuencia de la habitual, por lo que salí con la sensación de que no había podido expresar lo que pretendía, o no con los matices deseados. Así que aquí, en la serenidad de mi blog, me dispongo a hacerlo.
          Para empezar, los casos de corrupción que se están destapando en nuestro país me indignan como a cualquier hijo de vecino, o quizá más. Si es verdad que cada español trabaja al año de enero a junio (el día de transición depende del contribuyente) para pagar al fisco, y solo después trabaja para sí y los suyos, es doloroso que el chorizo de turno meta la mano en la hucha común para llevarse el fruto de nuestro sudor.
          Sin duda los partidos deberían ser más cuidadosos con sus cargos y representantes, y exigir un nivel de ética que les eleve sobre las líneas rojas del abuso. A esto ayudaría la generalización de las listas abiertas y la limitación de los mandatos, además de la independencia efectiva de la judicatura. Pero, aunque hay estructuras de poder que favorecen o facilitan la corrupción, no perdamos de vista que la culpa es siempre individual. Cada uno de los imputados debe ser juzgado justa e individualmente –no prejuzgado por los medios o la oposición– y, si resulta culpable, pagar las consecuencias.
          Por otro lado, la corrupción de algunos no debería desestabilizar el correcto funcionamiento del estado y sus instituciones, ni crear un clima de permanente alarma y turbulencia democrática, que a nadie beneficia, salvo a los que quieren ocupar el sillón del corrupto o sus compañeros. Esta práctica agitadora es parte del juego político, en el que los partidos se disputan el derecho a arrojar la primera boñiga contra la formación de cuyas filas ha salido el nuevo chorizo, sus líderes o allegados. Tal juego escatológico es comprensible, pero con frecuencia predica el naufragio del sistema solo porque el predicador no está al timón. No podemos pasarnos la vida en reelecciones, mociones de censura, y dimisiones en masa de todo alto cargo que se haya wassapeado con un imputado, cuando lo que necesita nuestro país, como todos, es la estabilidad institucional.
          No cabe duda de que los escándalos de corrupción hacen buenos titulares, y que al público le indigna y le perturba comprobar el lado oscuro de los poderosos, además de sentir un morboso placer por la caída del prepotente. Pero recordemos que ninguno de nosotros, honrados ciudadanos que nos indignamos con Correa, Rato y Pujol, estamos libres de caer en la tentación del poder. Algunas denominaciones protestantes creen que el ser humano nace corrupto; yo no llego a tanto, pero sí creo que tenemos cierta tendencia a la avería. No deberíamos reducir orwellianamente el significado de “corrupción” al político que mete la mano. Todos tenemos nuestra esfera –grande, pequeña o minúscula– de poder, y ahí nos podemos dejar tentar. El médico que desvía a sus pacientes de la seguridad social a su consulta privada, o que se vende a las farmacéuticas. El profesor que suspende al hijo de su enemigo o pone matrícula a la maciza que le hace bien los “trabajos”. La periodista que nunca informa de una concentración pro-vida o divide sus asistentes entre veinte. El editor que no liquida a sus autores. La jueza que se acuerda de sus problemas de pareja a la hora de retirar la custodia a un progenitor. El funcionario que quita una sanción a su amigo… Podríamos continuar varias horas.
          Aunque es un tema preocupante, no considero que la corrupción sea el principal problema de nuestro país, como apuntan algunas encuestas, ni que debamos hacernos cruces como si fuera algo nuevo. El poder corrompe, hoy, hace mil, y veinte mil años, y los poderosos han tenido la tentación de aprovecharse de él desde que el ser humano pisa la tierra. Es más, quiero creer que en la España de 2017 los mecanismos para perseguir la corrupción son más sensibles y más eficaces que en el pasado, cercano o remoto, y quizá por eso hoy se destapan más casos que en épocas anteriores. Priorizar en exceso los casos de corrupción nos quita de la mente otros problemas más graves que afrontamos como país y como sociedad, y nos impide buscar soluciones porque nadie habla de ellos.

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