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domingo, 26 de marzo de 2017

Preparamos Fábula 40

Aprovecho esta ventanita del blog para anunciar que estamos cerrando el número 40 de la revista literaria Fábula, que saldrá a mediados de mayo, e iniciará así su vigésimo primer año de vida.


En estos momentos estamos haciendo selección de las numerosas propuestas de poesía y relato breve que nos han llegado. Quienes queráis presentar poemas y relatos, habéis de saber que ya no entrarán en la selección (en su caso) hasta el número 41, que saldrá en otoño (si todo va bien). Pero hay una EXCEPCIÓN: si se trata de relatos de ámbito universitario, aún están a tiempo de entrar en este número, pues se incluirían en una sección diferente recién estrenada, titulada "Gaudemus Ígitur".

También estáis a tiempo de enviar  colaboraciones que encajen en las siguientes secciones:

--Perros verdes: una breve semblanza de un escritor/a en la que destaquen aspectos cómicos, insólitos o anecdóticos de su vida.

-- Letra en movimiento: un análisis divulgativo de una película reciente basada en una obra literaria. También puede tratar de obras de teatro.

--Reseñas: de libros de creación literaria publicados en 2016 ó 2017, en torno a un folio de extensión.

En todos los casos deben ser colaboraciones originales e inéditas en cualquier formato, y los autores deben estar en posesión de los derechos de reproducción del material que entreguen.

Desde el número 39, Fábula se distribuye en formato papel por todo el territorio nacional y está disponible en varios puntos de Hispanomérica. Igualmente se ha empezado a editar en versión electrónica (ver AQUÍ).

La dirección de contacto es info@revistafabula.com

Que fabules bien.

domingo, 19 de marzo de 2017

Tú decides



Otro poema sacado de Nada personal, inspirado en un eslogan que se oye demasiado.



TÚ DECIDES



Esta frase te convierte

en singular consumidor:

plazos fijos, hipotecas,

vacaciones en Roquetas,

nuevos planes de pensiones,

trescientos canales extra,

muebles comprados a plazos,

complementos de dietética,

seguros y reaseguros,

bebedizos sin glucosa,

depilación permanente,

elecciones, reelecciones,

incluso es un buen eslogan

para desarmar las vidas

que ya laten (¿hay mayor capitalismo?)…



Pero tú y yo bien sabemos

que la opción es limitada:

o morirte antes de tiempo,

o envejecer con premura.

            Tú decides.

Imagen: Sam Flick

domingo, 12 de marzo de 2017

Editores que no promueven



EDITORES QUE NO PROMUEVEN

Dos innovaciones han revolucionado el panorama editorial actual. Una es el libro electrónico, que las grandes editoriales han puesto a su favor adaptándose al formato digital y, aun más, sacando unas ganancias desproporcionadas por cada libro sin papel, sin transporte ni almacenaje y sin librero.
          La segunda es la proliferación de portales de autoedición, que permiten a cualquier juntador de palabras subir sus creaciones a una plataforma y comercializarlas on-line o en edición impresa a la carta. Si antaño el autor autoeditado debía al menos arriesgar cierto capital, ahora ni siquiera es necesario: este proceso editorial solo da ganancias, pues no se imprime ningún ejemplar que no esté previamente pagado.
          Tal democratización de la creación literaria –que he comentado más oblicuamente en el pasado (Ver “Cuatro libros y un funeral”)– no ofrece excesivas garantías de calidad. Al menos el editor tradicional –no hablo del impresor disfrazado de editor– suponía un filtro que, según el prestigio de la editorial, garantizaba que lo que se publicaba no solo le parecía genial al propio autor y a su amante madre.
          Pero hoy en día, en un panorama editorial saturado de decenas de miles de nuevos títulos anuales, no basta con que el editor garantice un mínimo de calidad. Tampoco basta con que edite unos libros gratos a la vista o al tacto. Los portales de autoedición lo pueden hacer igual de bien. El editor, aunque sea pequeño-mediano, tiene que seguir siendo un elemento clave en la promoción de sus títulos, y ser capaz de abrirles un hueco en las estanterías, en las librerías, en los medios y en la sociedad.
          Igual que una persona que ha hecho un cursillo de primeros auxilios y ha leído un par de libros de anatomía no puede establecerse como médico, del mismo modo el mero hecho de ser un ávido lector o de emocionarse con el olor del papel no capacita para meterse a editor. Hace falta tener conocimientos del mercado editorial y de los mecanismos de promoción, además de disponer de tiempo y recursos para trazar estrategias imaginativas y llevarlas a cabo.
          A veces te encuentras con editoriales medianas de ámbito provincial que se contentan con organizar una o dos presentaciones (en las que el autor debe comprometer a amigos y conocidos para llenar el salón), y con vender un número de ejemplares en convocatorias de adquisición promovidas por comunidades autónomas y ayuntamientos. Las entidades convocantes tranquilizan su conciencia institucional adquiriendo miles de libros, que pasan a cubrirse de polvo en los sótanos funcionariales, pensando que así están “fomentando la literatura de aquí”. Pero puede que en la mayoría de los casos estén en realidad atrofiándola, pues malcrían al editor local garantizándole la rentabilidad de una tirada sin que este tenga ya que esmerarse en su promoción por circuitos más interesantes. Y así, con la presentación en el ateneo local y con la venta a la Diputación, el editor se saca su 90% del P.V.P. (o el 100 % si es de los que no liquidan), lo que le permite no solo ir tirando, sino seguir posando como quijote de las letras autóctonas y recibir el incienso de los botafumeiros locales.

En fin, concluyo con esta estampa mi tríptico sobre los editores. No es tanto una diatriba amarga como un deseo esperanzado de que, como autor, pueda descubrir verdaderos profesionales del sector, y no aprendices o embaucadores. Espero que, a pesar de todo, los buenos me sigan queriendo en el futuro. Y si alguno piensa que tengo algo de razón y toma alguna medida, algo se habrá ganado…

domingo, 5 de marzo de 2017

Esperando al autobús



ESPERANDO AL AUTOBÚS

Es rojo-anaranjado y lleva mensajes, pero no es ese del que se viene hablando esta semana. De hecho, es el bus municipal que para en la Gran Vía. Sucedió anteayer que, mientras esperaba, me hice amigo de (quien llamaremos) Nico. Mi nuevo amigo es dicharachero de una forma un tanto escandalosa pero entrañable. La conversación empezó porque le vi abrazando un par de libros, y apenas necesitó mi empujoncito para contarme sus avatares de lector empedernido. Le quedaban ocho minutos del libro que está acabando, y en el descanso del centro de día pensaba empezar el segundo, que resultó ser Seda, de Alexandro Baricco.
          Por si no lo habían sospechado, Nico tiene discapacidad intelectual. A los que son como él antaño se les denominaba de formas más groseras. Ahora, aunque estén en la primera línea de los abortables, el apelativo es más delicado. Pero Nico no solo es un milagro de hombre-chico por haber sobrevivido; también lo es por su extraordinaria simpatía y por su afición a la lectura.
          Acabamos hablando de Harry Potter, que como padre de preadolescentes me empieza a caer cerca. Resulta que también es un gran lector de las novelas del mago inglés. Ahora va por la tercera, El prisionero de Azkaban. También ha visto las películas, me dice, no entiendo si todas o algunas.
          –Así que también eres fan de Harry Potter, ¿eh? –le digo, condescendiente.
          Nico se me queda mirando con una chispa de inocente picardía. Duda un par de segundos antes de contestar, como regodeándose en la respuesta.
          –No. No soy fan de Harry Potter. Soy fan de Hermione. Fan de Herminone. Mira que es guapa…
          No puedo evitar una sonrisa, al tiempo que mi mente representa a la joven a la que hemos visto crecer hasta transformarse en una bella actriz de talento. Pero Nico igual no está pensando en Emma, sino en la Hermione original. Quizá su enamoramiento viene directamente del personaje textual, un fenómeno que para mí siempre ha representado un grado eminente del prodigio de lo literario, por el cual el lector hace vivir a los personajes en su imaginación y se relaciona con ellos. Y la imaginación de Nico sin duda será compleja y llena de misterios.
          –A ver –prosigue, viendo que ya vamos teniendo confianza.– A los hombres nos gustan las mujeres. Y, a las mujeres, los hombres. ¿O no es verdad?
          Esta salida me coge por sorpresa. Instintivamente miro a mi alrededor para comprobar si alguna de las madrugadoras que nos rodea bajo la marquesina nos está oyendo. Me entra algo de miedo, también instintivo. Me dan ganas de decirle que tenga cuidado con lo que dice, no le vayan a acusar de incitación al odio o algo parecido. Pero solo me sale, en un débil hilillo:
          –Bueno, no siempre…
          Luego me quedo callado. Prudentemente.
          Al final llega su autobús, rojo-anaranjado y con anuncios, pero no ese del que se habla.
          –Mañana seguimos hablando –me grita. Y se sube al vehículo trotando, feliz, despreocupado.