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viernes, 22 de julio de 2016

Tío Salva, exdirector de banco



Otro de los poemas de Nada personal que marca el tono de la primera sección. A Bernardo Atxaga parece que le gustó, o al menos, me dijo que también era sobrino de tío Salva.

 

TÍO SALVA, EXDIRECTOR DE BANCO

En este mismo sofá
descansaba el tío Salva, jubilado,
mientras leía sus cuatro cotidianos diarios,
las tres revistas de opinión y morbo,
y degustaba su copazo o dos de Mágnum,
tras lo cual se defecaba en el Caudillo
y en todos los mangantes circundantes.
En este mismo sofá
Me conminaba a ser astuto,
a trabajar de duro por mis sueños,
a no regalar ni un ápice de aquello
que hubiera conquistado.
A conservar amigos, pero no darles todo,
a no fiarme de la sombra propia,
a arrojar alguna piedra sin destapar la mano,
a ser culto, a ser fuerte, a no pasar la vida en vano.
En este mismo sofá.

Y ahora que le sacudo el viejo polvo
que quizá cayera en esos días
me pregunto si, pasado mucho tiempo,
algún hijo, sobrino o quizá nieto
recordará así mis consejos de este mundo
que no me servirán donde haya ido.
Y, si lo que amasare en esta vida
a fuerza de tesón y de constancia
superará lo que logró mi pobre tío
antes de volverse amarillento
y  cambiar por fría losa el blando asiento.

viernes, 8 de julio de 2016

HERENCIA

Un segundo poema de Nada personal, junto con una foto familiar en la que salgo sin americana.

 
HERENCIA



Olvidados directorios de amistades de otra vida,

ramilletes de papel amarillento

del tiempo del amor, la paciencia y el bolígrafo.

Esos juguetes rotos de los niños

que pensaba reparar esta semana, o la siguiente.

Ropa usada de bebé para el sobrino

que ahora vive en Australia con su esposa.

Los recuerdos de mis padres, unas fotos renegridas,

álbumes al fin deshilachados,

todo lo que el viento no llevó tras las exequias.

Los folletos y los planos y los mapas

de viajes que quedaron en proyecto,

de las islas donde nunca regresamos.

Apuntes de estudiante, con glosas en los bordes;

instrucciones de decenas de aparatos

que apenas supe mantener en uso;

suplementos literarios postergados;

decenas de libretas empezadas,

diarios interrumpidos,

libros sin abrir.



Todo esto

heredarán mis hijos esa tarde

en la que, al fin, no llegaré a cenar.