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jueves, 27 de marzo de 2014

LOS MUERTOS SÍ SE TOCAN, NENE

 Durante los pasados viernes y sábado, los medios de comunicación nos estuvieron informando minuto a minuto de la evolución de la enfermedad de Adolfo Suárez, ilustre primer presidente de la Democracia española. Durante otros tres días, a partir de su fallecimiento, los medios nos han ido informando minuto a minuto de las numerosas personalidades que fueron amigas íntimas del fallecido, y que lamentan su pérdida como la mayor de las tragedias acaecidas recientemente.
 
Por supuesto que don Adolfo se merece este homenaje y mucho más. Pero tal concentración mediática, política y social contrasta con el olvido casi absoluto al que ha sido relegado durante los últimos treinta años. Y viene a confirmar la teoría de que, en nuestro país, morirte es la mejor forma de que todos te quieran.

Es indiscutible que Adolfo Suárez fue figura clave en la Transición, y que los españoles de hoy tenemos una gran deuda con él. Desde 1976 se preocupó por desmantelar el franquismo y dar voz a todas las opciones políticas. Y, a pesar de todo, tras apenas cinco años de esta encomiable labor integradora, la hostilidad de unos y otros le llevó a dimitir en 1981. Y, cuando quiso volver a levantar cabeza como líder de CDS en las elecciones de 1982, el pueblo (ahora llamado “ciudadanía”) le negó su confianza de modo abrumador. Los votantes de entonces deberían haber sido los más agradecidos, y, sin embargo, fueron los que le cerraron la puerta de la política en adelante. Quizá los mismos que, ahora que ha muerto, se deshacen en elogios y en elegías.

Recuerdo una conversación, de los tiempos en que hice la mili (those were the days), con el sargento de la compañía. Estaba comentando la noticia de la canonización de un santo español, y manifestó su indignación porque a los santos se les canonizara después de muertos. “No pueden aprovecharse de la fama de santidad en vida”, alegaba. Tenía su punto, mi sargento.

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