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jueves, 27 de febrero de 2014

DIEZ AÑOS DE "CALLE MENOR"


Un día como hoy, jueves 27 de febrero, pero de hace diez años, presenté Calle Menor en el Ateneo Riojano, acompañado por Marcelino Izquierdo, Fernando Sáez Aldana y María José Marrodán. Fue mi primera novela y también la más ambiciosa, con la trama guiñándole el ojo a Bardem/Arniches al versar sobre una joven poco agraciada –esta vez profesora de latín en la Universidad de Lontana– que acaba siendo víctima de una cruel apuesta entre un grupo de alumnos moderadamente desalmados.
            Etiquetable como “novela de campus”, pero también como “tragicomedia provinciana”, trata como uno de sus temas principales de la mezquindad, esa crueldad civilizada y cotidiana del que se cree muy majo pero es capaz de hacer daño a un inocente con intención. Al igual que su modelo bardemiano, para su ambientación era clave describir un entorno de lugar pequeño en el que florece la maledicencia, que igualmente resulta cotidiana y civilizada.
            Pero, curiosamente, los “circuitos chinchorreros y radiomacutiles” que se recrean en la obra acabaron reivindicando su hegemonía y dando una vuelta de tuerca extratextual. Así, la posible similitud de roles entre personajes ficticios y personas locales propició que ciertos lectores (de primera o segunda mano) identificaran unos con otros, difundiendo una interpretación de Calle Menor en clave de roman à clef (valga la redundancia), de parodia malévola de determinados individuos, lo que me ganó algún que otro enemigo más. En vano esgrimía yo la autonomía de la creación de los personajes literarios, fruto de la observación, de la imaginación, y, sobre todo, del alma del creador. En realidad, tal autonomía quedaría demostrada por el hecho de que, según en qué ciudad se leyera –Logroño, Santander, Oviedo, incluso en la lejana Albacete– y según la imaginación del lector iban surgiendo diferentes candidatos para inspirar a los variados personajes de ficción.
(Dcha a Izq) Con José Luis Borau, Roberto Cueto, Betsy Blair e intérprete, en 2006
            En cualquier caso, como dice la ranchera, “no me arrepiento, ni me da miedo la eternidad”. De hecho, estoy convencido de que es mi mejor novela hasta la fecha, y en mis momentos optimistas me digo que acaso se leerá cuando yo me haya ido.  Y, aunque no me ha dado de comer, me ha dado gratas sorpresas. Por ejemplo, además de recibir buenas reseñas, la preseleccionaron en RTVE para un proyecto de TV-movies basados en obras literarias, que luego no salió adelante. En 2006 me invitaron a clausurar un congreso sobre Calle Mayor en Valencia, donde hablé de la inspiración bardemiana, y compartí mesa con unos amabilísimos Betsy Blair y José Luis Borau. Más tarde Borau mencionó la novela en su discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua, que versó sobre la inspiración fílmica en la literatura.
            La edición es bonita y se distribuyó relativamente bien, aunque Ediciones Sial no hizo apenas promoción (ni, dicho sea de paso, me ha liquidado mis magros royalties a diez años vista). Por esos motivos, he recuperado los derechos sobre ella, y me encantaría reeditarla algún día, con algunos pequeños cambios (¿hay algún editor serio leyendo esto?). 
         De vez en cuando algunos de sus personajes me reclaman que les saque de la caja y les vuelva a dar vida en una secuela. Yo les digo que soy diez años más viejo, y, por ende, más prudente.
            Pero ellos, lo segundo, no se lo creen.


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domingo, 16 de febrero de 2014

NO ME CUENTES QUE LUCHAS POR UN MUNDO MEJOR



Si desprecias la razón y esgrimes el slogan, no me cuentes que luchas por la verdad.

Si insultas a quien no piensa como tú, no me cuentes que luchas por la libertad.

Si el entero sistema democrático está corrupto cuando no apoya tus ideas, no me cuentes que luchas por el bien común.

Si justificas la fuerza de la violencia antes que la de las urnas, no me cuentes que luchas por la democracia.

Si justificas la muerte del inocente para que en el futuro triunfe tu causa, no me cuentes que luchas por la dignidad.

Si reivindicas los derechos fundamentales para los tuyos, pero no te importa que los otros carezcan de ellos, no me cuentes que luchas por la igualdad.

Si tu pluralismo siempre excluye a los mismos, no me cuentes que luchas por los derechos.

Si, viviendo en un país libre, agitas tu ideología desde el anonimato, no me cuentes que luchas por la verdad.

Si el odio es lo que inflama tu activismo y quien discrepa es tu enemigo, no me cuentes que luchas por un mundo mejor.


domingo, 9 de febrero de 2014

EL ABORTO EN CLAVE DE TWITTER


Reproduzco Tribuna de opinión aparecida hoy en el diario La Rioja.

EL ABORTO EN CLAVE DE TWITTER

El aborto vuelve a estar en el punto de mira. No es, obviamente, el problema más grave de nuestra sociedad, pero sí uno de los que más enfrenta a personas cercanas sociológicamente en debates acalorados que solo en la superficie son de índole política o religiosa. Mi tesis es que el fondo del problema es ético, y como tal, se debe abordar con valentía y hondura, sin limitarse a esgrimir eslóganes que parecen concebidos para los 140 caracteres del Twitter. ¿Se imaginan a Kant condensando su ética en un tuit? Yo no, y aunque ni soy Kant ni voy a escribir un tratado, necesito un poco más de espacio para comentar tres de los argumentos tuiteros que más se oyen recientemente: “No se puede obligar a nadie a ser madre”, “Abortar es un derecho de la mujer”, “Oponerse al aborto es cosa de católicos”.

           Es verdad que no se debe obligar a nadie a ser madre, pero el drama de la mujer que aborta es precisamente que ya es madre. Ya tiene en su interior una criatura minúscula pero diferente a ella, con su propio código genético completo, con sus 46 cromosomas, con lo que será su personalidad, su aspecto, sus aptitudes, sus peculiaridades. El ser ya existe. Sea fruto del amor, del sexo casual o incluso indeseado, un nuevo ser humano ya está aquí. Y lo que hacemos al abortar es destruirlo. Decidir acerca de la destrucción de un ser humano es una decisión tremenda, tiene que estar muy bien justificada para ser aceptable. Y se me hace muy difícil pensar que los 120.000 abortos anuales practicados en España son todos justificables.
            Aunque las campañas pro-aborto siempre buscan el caso extremo que sirva de punta de lanza –una menor de edad violada que espera un hijo con malformaciones, o en peligro de muerte, etc.–, la gran mayoría de los casos (el 91 % según las estadísticas más recientes) no presentan ni graves riesgos para la madre ni anomalías fetales. En este enorme porcentaje el hijo se elimina porque, con diversos matices, supone un problema. Y las leyes de aborto libre vienen a frivolizar este drama, pues justifican que una chica decida abortar también porque no quiere perder este curso en la facultad, o no quiere dejar de jugar en su equipo de baloncesto. La clave es el “Tú decides”. Es cierto que hay casos muy conflictivos, que muchas mujeres no pueden permitirse criar a un nuevo hijo. Pero en muchos de estos se podrían plantear alternativas más humanas a la macabra facilidad de abortar, alternativas que pasen por buscar hogar a las criaturas no deseadas. Muchas parejas estarían felices de acoger a las criaturas que otras no quieren o no pueden aceptar. En la actualidad hay cientos de miles de parejas en España deseosas de adoptar un bebé, y prácticamente la única vía es la adopción internacional, con esperas de varios años.
            Por eso, la noción de “derecho a abortar” resulta muy problemática, pues entra en colisión con el derecho más fundamental, el de la vida. Cada aborto destruye una vida que ya no se repetirá, la de una criatura que no es propiedad de la madre ni un miembro de su cuerpo. La biología no cuestiona que el feto tiene una identidad propia, diferente de la materna, como se refuerza tras los casos de fetos que han sobrevivido a sus madres. Durante la gestación, claro, es un huésped que depende de ella, como también dependerá, de otra manera, durante sus próximos años de vida. Pero esta dependencia no le convierte en propiedad.
Las leyes tienen una dimensión didáctica, de enseñar al pueblo. Pero las leyes de aborto libre enseñan que es legítimo cosificar a otro ser como requisito previo a su ulterior eliminación. Las mayores masacres de la historia de la humanidad pasan por considerar al masacrado una “cosa”: un negro, un esclavo, un judío, etcétera. Como diría C.S. Lewis, las sociedades terribles tienen leyes terribles. Durante muchos siglos en una Europa ilustrada fue legal la esclavitud, una persona tenía derecho a poseer a otra, y a hacer con ella lo que quisiera. ¿Queremos realmente que la posteridad nos recuerde como la sociedad que consideraba un derecho, un adelanto, eliminar al no nacido?
Abortar no es una decisión fácil, y suele dejar secuelas psicológicas permanentes, y el concepto de aborto como derecho frivoliza este drama al darle una pátina de normalidad que dista mucho de tranquilizar la conciencia a largo plazo. Hay madres que se ven abocadas a abortar porque pasan enormes dificultades personales, económicas o de otra índole, porque no ven otra salida, pero quizá no lo habrían hecho si hubieran recibido ayuda. Es llamativa la escasa inversión de los poderes públicos en asesoramiento o atención. La solución institucional del problema de una maternidad conflictiva suele ser unívoca: aborta. Ojalá se invirtiera en asistencia integral a la madre en apuros una décima parte del erario público que se invierte en aborto.
            Respecto al tercer argumento tuitero, es cierto que en nuestro país la mayoría de los movimientos pro-vida están promovidos por cristianos, quizá porque la vida humana resulte muy valiosa para quien crea que Dios se ha hecho humano. Pero insisto en que esto no es un problema de opción religiosa. Al contrario, creo que ateos y agnósticos deberían ser los más fervientes opositores al aborto libre. Un cristiano se puede consolar pensando que la criatura abortada ya tiene alma y se reunirá con su Creador. Pero, para quien no crea en otra vida más allá, está es la única que vamos a tener. Y esos seres humanos minúsculos, que ya han empezado a existir, no van a tener otra posibilidad de vivirla. Son irrepetibles.


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