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sábado, 28 de enero de 2012

CLARA DIXIT: ALGUNAS CITAS DE LA NOVELA

Quienes ya se han adentrado en mi rudimentaria web, que aquí vinculo a través del icono "Todo sobre mi clara", habrán comprobado que faltaba el apartado de citas de la novela. A la hora de seleccionarlas, he tomado en consideración los fragmentos que algunos de los diversos presentadores han destacado. No son necesariamente los pasajes que considero mejores, (nótense mis posibles raíces galaicas), pero al menos se prestan a ser citados sin demasiado contexto.


CLARA NO QUIERE SER FAMOSILLA

Me pasa justo lo contrario que a las chicas de mi generación: todas quieren ser famosas. En cuanto una es un poquito mona y tiene unas piernas no demasiado espantosas y la piropean los cuatro pichabravas recién bajados del andamio que te cruzas a diario, ya se pone a soñar con sus posibilidades de ser modelo, o actriz, o bailarina, o gran hermana, o todas esas fritangas del rollo Operación Triunfo o Un Paso Adelante. A mí, sin ir más lejos, que cada vez que me miro al espejo me parezco más fea, hace un par de años me llegaron a ofrecer la posibilidad de hacer carrera como modelo de una firma de ropa nacional. Un tío que me conocía de la uni, y que ahora se dedicaba en Madrid a cazar talentos. Me decía que tenía una mirada que seducía a la cámara. Qué gilipollez. No lo dudé un minuto, le dije que ni de coña bendita, vamos. Cuantos menos me conozcan, mejor. ¿Cómo puede haber gente tan majadera que piense que salir en la tele o en las revistas es la meta de su vida? En cuanto eres famosa ya se acabó tu intimidad, ya perteneces al dominio público. Cualquier maruja con rulos, patillazas y lamparones en la bata puede pontificar sobre tu vida y milagros, sobre tus manías, tus lugares de veraneo y lo resultona que eres como amante. No puedes ir a la playa sin que haya algún paparazzi oligofrénico dispuesto a hacer carrera contigo. Caminas por la calle y a cada segundo se te cruza gente que te reconoce, que suelta risitas bobas, o que directamente te para para que le firmes en la escayola o le beses el muñón. No tienes el más mínimo derecho a la intimidad, derecho que, para una santanderina de pro con sangre inglesa, juzgo el más irrenunciable de la entera existencia. (pp. 178-9)


A CLARA NO LE GUSTAN LAS BODAS (AUNQUE TENGA TRES)
Estaba comentando lo de la boda del Tenis, y yo empezaba a despotricar contra la manía superextendida de invitar a gente que casi no conoces, no sé si para que te hagan más regalos o para que la boda suba de categoría o qué. Seguro que tenéis la experiencia de que os toque una mesa entre gente que no has visto en tu vida y con la que no tienes ningún punto en común, pero a la que tienes que besar como si fueran colegas de la infancia y con la que tienes que aguantar las tres horas que dura la comilona hablando de memeces. Y todo esto se agrava si el resto de los comensales de tu mesa ya se conocían y son de la misma “panda” (qué palabra tan cursi), y se ponen a repasar la lista de amiguetes, enemiguetes y conocidetes, o a contar anécdotas del pasado desternillantes (para ellos y su pastelera madre, claro), y cuando llega el solomillo te vuelven a preguntar, “Clara, y tú a qué te dedicabas?”, y les vuelves a decir que eres técnico en aprendizaje, adaptación y psicomotricidad infantil y contestan “ah, qué interesante”, y cuando llegan los postres los novios vienen a retratarse con los de la mesa, y la novia (a la que quizá has conocido esa tarde) te pregunta dulcemente si te lo estás pasando bien, y tu contestas que de maravilla, que es el día más feliz de tu vida y tal. Y luego el bailongo, con la gente volviéndose progresivamente más y más pedo, con el corrito para dejar que los novios bailen un vals que llevaría a Strauss al suicidio, con la típica pareja de resabidillos con miles de horas de bailes de salón humillando al resto y quedándose solos en la pista, con el tío de la novia divorciado y prematuramente curda dedicado a sobar a toda hembra menor de setenta y cinco, con la casposa conga de jalisco de remate... Un martirio chino, vamos. (p. 168)

A CLARA LE ASUSTA EL COMPROMISO
Sin embargo, Míchum cree en el matrimonio cristiano y para siempre, y en el rollo de tener hijos y de acompañarlos al cole y a los partidos de fútbol y a las funciones cutre que dan en el colegio por Navidad y demás. Y yo no es que lo rechace de plano, pero en ocasiones vomito de pensarlo. Pasar toda la vida con el mismo hombre, viviendo bajo el mismo techo, cambiando pañales, cocinando y fregando y planchando (aunque vayamos a medias, ojo), con todo el peso de la rutina cayéndote encima un año tras otro... La atadura es lo que agobia, ¿me entendéis? Saber que estás atada. ¿No es mucho mejor vivir al día, pasarlo bien hoy y ahora, sin comerte el tarro sobre el futuro? (pp. 41-2)

LA ESENCIA DEL PROBLEMA
Y ahora que ya conocéis a los tres causantes de mi terrible desazón, ya va siendo hora de que os mojéis un poquillo, ¿no? A ver, ¿con quién os quedaríais? Venga, mojaros, mojaros, ya vale de hablarlo yo todo... Míchum es un pedazo de pan, o mejor dicho, un mendrugo de pan. Míchum es mi mejor pasado y mi más incierto futuro. Con él tendré mucha ternura y mucha discusión, muchas hipotecas y muchos churumbeles gritando y volviéndome loca. Martello es la seguridad, el poder, la protección, el sentirme princesa de cuento, el dejarme llevar por un suave hipnotismo. Pelayo significa pasión, erotismo, la reinvención continua de lo cotidiano, la perenne incertidumbre que a la vez te llena de entusiasmo, el no-sé-qué-hago-aquí-pero-me-encanta. Y, lo que es peor, los tres representan facetas de mi vida a las que no quisiera renunciar. Quizá yo sea de esas que tienen múltiple personalidad, o personalidad desintegrada, o esas zarandajas que tuve que estudiar (…). Pero lo cierto es que no me siento con fuerzas ni ganas de desprenderme de ninguno de los tres y de lo que representan en mi vida. (p. 147)

POR QUÉ CLARA NO EJERCE DE MAESTRA
Como ya os he dicho, soy diplomada en Magisterio especialidad educación infantil. La carrera me costó sangre y sudor, pero creo que no es culpa mía, ni que mi capacidad intelectual no sobrepase con mucho el nivel requerido. Lo que pasó fue que a mitad de carrera me entró la crisis: me empecé a plantear que los niños no me gustaban un pimiento. Quizá si me fuera al Perú o a Ruanda y tratara a niños indígenas desnutridos y sonrientes, que se emocionan si les regalas el palo de un chupachups, me cambiaría el concepto. Pero los niños occidentales, y en concreto santanderinos, malcriados por papá y mamá, tíos y tías, abu y abá, vecinos y vecinas, atiborrados de regalos en navidades y Reyes, en cumpleaños y nocumpleaños, en santos y San Dejamenpaz, acostumbrados desde la cuna a ser los tiranos sátrapas de la casa; cuyas mamás les defenderían como leonas ante todo el claustro escolar aunque ellos le hayan pegado fuego al colegio; cuyas abuelas, aunque sean nonagenarias y catalépticas, si queda un solo asiento en el autobús se lo dejarán a ellos indefectiblemente, y luego ellos no se lo agradecerán ni por el forro... A esos niñatos, yo sinceramente los detestaba. ¿Y cómo iba a dedicarme de por vida a ser maestra si detestaba a los niños? (pp. 74-5)

MÍCHUM Y CLARA HABLAN DE SEXO
            —Míchum, ahora sí que no te entiendo nada. ¿Qué mal puede haber en disfrutar un poco de la vida, que ya es bastante puta? ¡Qué pecado ni qué mierda! No me pidas que te comprenda. Lo único que entiendo es que no me quieres. No lo suficiente. Tus curas te han metido esas ideas de que el sexo es malo y que hay que evitarlo, y tú no eres capaz de levantar la cabeza de esas supersticiones. Pero si el sexo es lo mejor que tenemos, Míchum.
            Él se quedó un momento pensativo, como buscando una respuesta, rascándose la cabeza. Al cabo se le iluminó un poco la cara.
            —Mira, Clara. Cuando eras cría, ¿no te hacía ilusión esperar al día de Reyes para recibir los juguetes? Imagínate que te los hubieran regalado según los iban comprando. Seguro que apetecía más en el momento, pero luego... no era lo mismo ¿No me entiendes?
            —Has puesto un ejemplo pésimo. A mí nunca me regalaron juguetes en navidades...
            —Vale, vale, lo que quiero decir es que no se trata de evitar el sexo, sino de cuidarlo. Cuidarlo, eso, protegerlo. Es tan importante que hay que guardarlo de los ladrones. El sexo y el amor, el amor y el sexo, son dos líos alucinantes. No hay quien se aclare con ellos. Si tienes suerte, te pueden hacer muy feliz, pero también te pueden amargar la vida, o las dos. Pero yo al menos sé una cosa: los tesoros hay que guardarles. No se puede ir enseñándoles a todo quisqui. Si alguna vez me tocara la lotería, no iría enseñando los billetes por la calle. Los guardaría en el banco... hasta que llegara el momento de gastarlos... ¿Entiendes? (pp. 212-3)

EL FISCO, SEGÚN EL HONRADO SEÑOR MARTELLO
La verdad es que Hacienda cada año se excede más. En vez de ir a por los ricachones mangantes, los que cometen los grandes desfalcos, los altos funcionarios del sobre y la mordida, el fisco nos chupa la sangre a los honrados ciudadanos de a pie. Y quieren que los ciudadanos honrados paguemos y callemos, nos quieren indefensos jurídicamente ante esa explotación impune que nos hacen de lo alto, con las armas del Estado. Por eso me parece muy encomiable el afán de usted por analizar maneras de desgravar. Es, yo diría incluso, heroico. —Y añadió, dirigiéndose a mí—: ¿Ha visto la película Matrix? (…) He aquí una buena imagen del estado que exprime a sus súbditos. Tenemos que procurar, como los protagonistas de Matrix, introducirnos en los vericuetos de la enorme maquinaria absorbente y conseguir minar el sistema desde dentro, sin que nos puedan atrapar. (p. 55)

LA PROVIDENCIA; SEGÚN MíCHUM
Mi experiencia me dice que, por mucho que reces y estés en grupos cristianos y tengas una cierta vida de creyente, el de Arriba no siempre te saca las castañas del fuego. Muchos familiares de víctimas de accidentes, por ejemplo, se preguntan por qué Dios les ha dejado tan tirados, cómo se puede justificar tanto sufrimiento, y algunos pierden la fe como consecuencia. Yo, si algún día la perdiera (Dios no lo permita), no creo que fuera por eso. El de Arriba no se dedica a impedir que la gente sufra, ni que muera. Lo que le interesa es que la gente muera bien, en su onda, podríamos decir. Por eso permite cosas que nosotros no entendemos a la primera, ni quizá a la segunda, ni a la tercera. Y justo por eso, por no entenderle, nos parece que nos deja tirados. Yo sé que te puedes pasar toda una vida rezando por algo, y Dios no dice ni mu, quizá porque en el fondo te conviene más lo contrario. Pero claro, tú te empeñas y te empeñas, y nunca tienes claro si Dios piensa como tú o justo al revés que tú. (pp.118-9)

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